Hay una idea bastante extendida entre psicoanalistas, particularmente en ciertos ámbitos lacanianos, según la cual el precio de una sesión debería establecerse teniendo en cuenta cuánto puede pagar cada paciente. A veces esto se reviste de una justificación un poco más sofisticada: el análisis tiene que “costar”, el pago tiene que implicar algo para el sujeto, no puede ser una cantidad irrelevante para él. Siempre me ha parecido una idea bastante absurda. Mi política con los honorarios es mucho más sencilla: a mis pacientes no debería importarles mi economía y a mí no debería importarme la de ellos. Mi trabajo tiene un precio. Actualmente son de un monto determinado. No importa si el paciente gana 1.500, 5.000 o 15.000 euros al mes. No pregunto cuánto gana, cuánto ahorra, qué patrimonio tiene ni cuánto creo yo que podría pagarme. No veo por qué el psicoanálisis debería funcionar de una manera tan diferente del resto de las cosas de la vida. El gimnasio tiene un precio. Un teléfono tiene un precio. Un vuelo tiene un precio. El supermercado no me pregunta cuánto facturé este mes antes de decidir cuánto va a cobrarme la compra. Y si mañana tengo menos pacientes, la gasolina no me cuesta menos. Se podría responder que el análisis es diferente porque el dinero también forma parte de la relación analítica. Por supuesto que forma parte. Precisamente por eso creo que hay que ser particularmente cuidadoso antes de convertir al analista en una especie de auditor de la economía del paciente. Porque ¿qué significa exactamente “lo que puede pagar”? Supongamos que alguien gana 8.000 euros al mes. ¿Puede pagar mucho? No lo sabemos. Puede tener deudas, una inversión que salió mal, tres hijos, una madre enferma, una hipoteca enorme o ser simplemente un desastre administrando dinero. Tendríamos que empezar a preguntarle por sus gastos. Pero entonces aparece otro problema. ¿Qué gastos vamos a considerar legítimos? Quizás alguien dice que no puede pagar el análisis pero se gasta una fortuna saliendo, bebiendo o consumiendo cocaína. ¿Tengo que reducir mis honorarios para adaptarlos a su consumo de cocaína? Evidentemente no. Pero si no acepto ese gasto y sí acepto que mantiene a una madre enferma, ya no estoy simplemente evaluando su capacidad económica: estoy decidiendo qué debería hacer esa persona con su dinero. Para determinar seriamente cuánto “puede pagar” alguien tendría que conocer sus ingresos, patrimonio, deudas, ahorros, personas a cargo, gastos y proyectos. Y después tendría que decidir cuáles de esos gastos considero razonables. Todo esto para terminar estableciendo cuánto creo yo que debería destinar a su análisis. Me parece de un atrevimiento extraordinario. Además hay algo todavía más curioso: en este supuesto cálculo suele aparecer toda la economía del paciente y desaparecer mágicamente la economía del analista. ¿Quién dijo que un psicoanalista sabe manejar bien su dinero? ¿Quién dijo que no está endeudado, que no tiene una ludopatía, una adicción, un hijo al que mantiene, miedo a quedarse sin pacientes o una enorme necesidad de dinero? ¿Por qué suponemos que su propia economía no interviene cuando decide cuánto “debería” pagarle el otro? El analista también tiene inconsciente. Incluso la generosidad puede ser bastante menos inocente de lo que parece. Se puede cobrar menos para sentirse bueno, considerado, necesario, justo. Lo que no se cobra en dinero a veces se cobra en otra moneda: narcisismo, importancia, gratitud. Tuve un analista que hacía muchas excepciones y con el tiempo pude observar algo parecido en otros aspectos de su vida. Ayudaba económicamente de manera constante a un hijo adulto. Podía parecer simplemente generosidad, pero yo veía también cuánto necesitaba sentirse importante para él, cuánto necesitaba ser necesario. Cuando finalmente se quedó sin dinero, el vínculo cambió radicalmente. No digo que toda consideración económica esconda semejante mecanismo. Digo algo mucho más sencillo: el analista no está fuera de aquello que pretende evaluar. Por eso me sorprende esa facilidad para transformar decisiones personales en principios técnicos. Yo mismo aprendí esto con los años. Al comienzo de mi práctica hacía excepciones con los honorarios. Recuerdo una paciente que me pidió insistentemente pagar menos porque supuestamente no podía afrontar mi tarifa. Accedí. Después, durante las sesiones, aparecían sus salidas, el alcohol, el tabaco, los gastos y los viajes. Y entonces había creado un problema que antes no existía. Porque yo tenía que escuchar todo aquello como analista, pero al mismo tiempo era inevitable pensar: me dijiste que no podías pagarme y yo estoy renunciando a una parte de mis ingresos mientras vos decidís gastar el dinero en otras cosas. Ya no estaba escuchando solamente a mi paciente. Me sentía engañado y, además, bastante imbécil por haberme colocado voluntariamente en esa situación. Si después pretendía restablecer el honorario, aparecía un problema nuevo. El paciente ya había incorporado el descuento como precio. Lo que para mí había sido una excepción, para él se había convertido rápidamente en un derecho adquirido. Esto mismo lo aprendí todavía más claramente con las ausencias. Mi regla actualmente es sencilla. Si alguien necesita cambiar su horario debe avisarme aproximadamente con una semana de anticipación. Cinco o siete días, no importa la exactitud matemática. Si avisa después, la sesión se cobra. Eso no significa que sea indiferente a lo que le suceda. Si puedo cambiarle la hora, encontrar otro hueco o intercambiarlo con otro paciente, intento hacerlo. Pero la norma sigue siendo la misma. ¿Por qué? Porque si yo me enfermo, me rompo una pierna, tengo una emergencia familiar o sencillamente no puedo trabajar, el paciente no paga la sesión que yo no pude darle. Y me parece perfectamente lógico. Pero por la misma razón, yo tampoco tengo por qué asumir económicamente su imposibilidad. Al principio tampoco hacía esto. Si un paciente faltaba por primera vez y me avisaba cinco minutos antes, pensaba: es la primera vez, no se la voy a cobrar. Creía que estaba siendo considerado. Probablemente también estaba siendo inseguro. Después llegaba la segunda vez. Entonces aplicaba la norma y cobraba. Y ocurría algo fascinante: algunos se molestaban. “Pero la otra vez tampoco pude venir y no me la cobraste.” Es decir, el favor de la primera vez se había convertido en argumento contra mí la segunda. Ahí entendí algo bastante elemental sobre cómo funcionamos las personas: un beneficio se incorpora con enorme facilidad como situación de referencia. Lo excepcional se normaliza. Y cuando después se retira, no se vive necesariamente como el final de una concesión sino como una pérdida. Por eso la primera vez es precisamente cuando más importante resulta aplicar la regla. No para castigar. No para enseñarle al paciente a comportarse. Simplemente para que el encuadre sea el que es desde el principio. Algo semejante ocurre con los honorarios reducidos. Si alguien paga durante años una tarifa inferior porque atravesaba una mala situación económica y después empieza a ganar mucho más, resulta bastante ingenuo esperar que venga alegremente a decir: “Ahora quiero pagar más”. Cuando una persona sale de una mala situación económica quiere viajar, ahorrar, comprarse cosas, recuperar proyectos postergados. No piensa necesariamente que ha llegado el momento de aumentar voluntariamente el precio de su análisis. Lo he visto en la práctica. Personas que pidieron una reducción porque no podían pagar y que, cuando su situación mejoró extraordinariamente o recibieron dinero inesperado, inmediatamente pensaron en un viaje, en una compra o en cualquier otra cosa. No en restablecer el honorario. Y no tiene demasiado sentido indignarse con ellos. El error inicial fue mío por haber creado una relación en la cual yo debía decidir cuánto podían pagar. Por eso prefiero no saberlo. Si alguien gana una fortuna y administra espantosamente su dinero, no es asunto mío desde el punto de vista tarifario. Si alguien gana poco y decide hacer un esfuerzo enorme para analizarse, tampoco necesito certificarlo. El dinero y lo que hace con él podrán aparecer en el análisis, naturalmente. Pero una cosa es escuchar qué significa el dinero para un sujeto y otra muy distinta es administrar su economía. También me resulta problemática cierta manera de decir que el análisis “tiene que costarle” al paciente. Entiendo perfectamente que un análisis implica renuncias y que el pago puede adquirir significaciones subjetivas importantes. Lo que no entiendo es cómo alguien da el salto desde ahí hasta creer que puede determinar monetariamente cuánto tiene que costarle a otro. Si alguien gana 15.000 euros al mes, ¿cómo sé que 65 euros no le cuestan? ¿Porque representan un porcentaje pequeño de sus ingresos? ¿Desde cuándo existe una tabla que convierte porcentaje de renta disponible en efecto analítico? El dinero no significa lo mismo para dos personas que tienen exactamente el mismo patrimonio. Una puede angustiarse perdiendo diez euros y otra perder mil sin pestañear. Si de verdad nos interesa la relación subjetiva con el dinero, paradójicamente mirar cuánto gana es una medida bastante pobre. Hay en todo esto una posición del analista que me incomoda: una especie de saber supuesto llevado demasiado lejos. Yo sé cuánto te tiene que costar. Yo sé cuándo una cantidad es suficientemente significativa para vos. Yo sé qué podés pagar. Encuentro algo parecido en ciertas utilizaciones de la sesión de duración variable y del corte. No cuestiono que un corte pueda producir un efecto ni que en determinados momentos tenga una función clínica. Lo que cuestiono es la fantasía de que el analista pueda saber siempre cuál es exactamente la frase que debe quedar resonando y cuál es exactamente el segundo en que debe terminar una sesión. Mi propia experiencia analítica me enseñó algo diferente. He tenido sesiones enteras en las que se trabajaron cuestiones aparentemente importantes y, casi al terminar, mi analista decía incidentalmente algo sobre una situación cotidiana, incluso alguna pequeña escena que había vivido con su mujer. Y, sorprendentemente, eso era lo que se quedaba conmigo. Eso era lo que producía algo. No porque él hubiera calculado que ésa era la intervención magistral de la sesión. A veces era casi lateral. El psiquismo tiene esa particularidad. Toma lo que puede, cuando puede. Algo aparentemente secundario engancha una cadena asociativa y empieza a trabajar. Otra intervención que parecía extraordinariamente precisa pasa sin dejar prácticamente huella. Y aquello que verdaderamente tocó algo inconsciente suele tener además una característica bastante conocida: vuelve. Vuelve en otra asociación, en un sueño, en una ocurrencia, en un síntoma, en una resistencia. No siempre necesitamos terminar la sesión teatralmente en el instante exacto para impedir que veinte palabras posteriores arruinen el descubrimiento. Esto no significa que el analista no intervenga. Por supuesto que interviene. Tampoco significa que no sostenga límites. Al contrario: creo que los límites claros son fundamentales. Pero existe una diferencia enorme entre sostener un encuadre y creerse dueño de los efectos que ese encuadre produce. Quizás cuanto más claras sean ciertas reglas, menos necesita el analista gobernar al paciente. Mi sesión cuesta esto. Para cambiarla necesito este tiempo. Si yo no puedo trabajar, no cobro. Si vos no podés utilizar el horario que reservé y no avisaste con el tiempo acordado, se cobra. Si encuentro una manera de cambiarlo, estupendo. No necesito saber si faltaste porque murió tu perro, porque tu madre está enferma o porque te fuiste de fiesta. Necesito escuchar todo eso si aparece en tu análisis, pero no necesito establecer una escala moral de desgracias para decidir cuáles merecen que yo pierda mis ingresos. Y, sobre todo, no necesito hacerme el bueno. Porque existe también una pregunta que pocas veces se formula cuando se habla de la consideración económica que el analista debería tener con sus pacientes: ¿esa consideración funciona en ambas direcciones? Si durante años cobro menos a diez pacientes porque considero sus circunstancias personales y mañana me enfermo durante un mes, ¿van a pagarme las sesiones para que yo conserve mis ingresos? Probablemente algunos lo harían y muchos no. Y tampoco tendrían por qué hacerlo si eso nunca formó parte del acuerdo. Entonces quizá sea preferible no construir una deuda imaginaria de generosidad. Yo no necesito que el paciente cuide mi economía y él no necesita que yo cuide la suya. Eso no significa indiferencia. Puedo preocuparme enormemente por una persona, comprender la situación terrible que está atravesando y trabajar con ella con toda la consideración posible sin convertirme por eso en administrador de sus recursos. Hay algo profundamente respetuoso, para mí, en reconocer ese límite. Yo determino cuánto vale mi trabajo. El paciente determina qué lugar quiere darle dentro de su vida y de sus prioridades. Puede elegir analizarse, viajar, ahorrar, salir, mantener a su familia, comprarse un teléfono o gastarse el dinero de la peor manera imaginable. Todo eso podrá ser material de análisis. Pero su dinero sigue siendo suyo. Y el mío, mío. Sergio Esteban Alonso Psicólogo - Psicoanalista
"Hay algo que debéis entender de mi forma de trabajar. Cuando me necesitáis y no me queréis, debo quedarme. Cuando me queréis, pero ya no me necesitáis, debo irme... Es un poco triste, pero es así"- película: La niñera mágica.
(Sin embargo, a pesar de mi ausencia física, me tendréis allí donde me necesiten)
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16 de agosto de 2026
¿Cuánto puede pagar un paciente?
25 de abril de 2021
La paranoia, lo fortuito y los dioses/demonios
Y de golpe algo se me vino a la cabeza...
Estaba escribiendo una frase que dice “La paranoia, no soporta lo fortuito, es decir, la falta que no podemos cubrir”.
Si hay un tornado no es un evento natural, son” tales o cuales” que a través de “eso” lo generan para “sus intereses” (y entre ellos joderme/nos).
Y así pensaba que frente a las diferentes circunstancias inesperadas e incontrolables le tenemos que poner la intención de alguien...
“La estructura de la personalidad es la paranoia” dijo Lacan... y ahí dije, Zas!!! ¡¡Esas cosas las hizo Dios!!
Ahora lo ponemos en grupos, personas, países, zonas o tendencias, bajo el mismo mecanismo proyectivo con el que se lo poníamos a Dios y al demonio.
Cambian las figuras pero no los mecanismos paranoides inherentes del humano.
Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista
6 de marzo de 2021
La mirada que no solo ve
Nuestros sentidos parecen percibir, pero psíquicamente no sólo hacemos eso, hay mucho más que realizamos en ese acto. Algo que nos diferencia profundamente de otra especies y a la vez caracteriza nuestra psique.
Saludos
Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo - Psicoanalista (atención online)
sergioalonso2000@gmail.com
Psicosujeto
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29 de abril de 2020
El análisis de los sueños
Abordamos los mecanismos del análisis de los sueños y ponemos algunos ejemplos. Pero en realidad no es lo único que hay que decir al respecto... porque los mecanismos que se dan en los sueños también se dan, constantemente, en la realidad, pero de forma voluntaria. Sergio Alonso Ramírez Psicólogo - Psicoanalista (atención personal y online) sergioalonso2000@gmail.com Psicosujeto www.psicosujeto.com Consulta: psicosujeto1.blogspot.com Facebook: www.facebook.com/psicosujeto citas: (0034) 647 81 81 38
22 de abril de 2020
La Pulsión de Muerte - Psicoanálisis
Hablamos de la pulsión de muerte. Aquello que hace que el sujeto destruya, se defienda, destruya al otro, transforme pero que también produzca estragos en su entorno. Es sólo una introducción pero hay más para hablar de este tema. De momento este primer acercamiento. Sergio Alonso Ramírez Psicólogo - Psicoanalista (atención personal y online) sergioalonso2000@gmail.com Psicosujeto www.psicosujeto.com Consulta: psicosujeto1.blogspot.com Facebook: www.facebook.com/psicosujeto citas: (0034) 647 81 81 38
12 de abril de 2020
Actos Fallidos, Psicoanálsis
Hacemos un pasaje, un pequeño recorrido de lo que son los actos fallidos. Sergio Alonso Ramírez Psicólogo - Psicoanalista (atención personal y online) sergioalonso2000@gmail.com Psicosujeto www.psicosujeto.com Consulta: psicosujeto1.blogspot.com Facebook: www.facebook.com/psicosujeto citas: (0034) 647 81 81 38
23 de marzo de 2020
Coronavirus, angustia, ilusión, pulsión de vida y muerte
¿Y qué podría decir yo en toda esta pandemia del coronavirus?
Tantas cosas... Muchas de diferente índole.
Lo primero ya lo comenté. La necesidad que aparece en nosotros como sujetos sociales de un Otro, un Amo, que nos diga "la verdad". Es impresionante que a pesar de ver que un virus no tiene nacionalidad ni fronteras y ver como Asia y Europa se contagió, los gobiernos de otros países se hicieron los distraídos.
Podemos pensar que los primeros pensaron que seria como otras gripes que parecían catastróficas y luego no lo fueron, vale. Pero si ya vemos que se ha armado la "Marimorena" en Europa, pues por algo será, no por ganas autoboicotearse. Y aún así hasta que el Amo, el Otro el Padre (Presidente o autoridad) dice: "Hay coronavirus y hay pandemia", no está ni existe, ¿Curioso no? Nos habla de los límites y alcance de la realidad que parece existir a partir de la palabra del Otro. Como le pasaba a Descartes con Dios y a Daniel Paul Schreber con sus Dioses respectivos.
Y aún así, ya declarando la realidad como tal, el sujeto tiene su primer y gran mecanismo de defensa: LA NEGACIÓN. Algo nuevo, en el sujeto, el sistema, la cultura, hace que ésta se tenga que movilizar y el principio de homeóstasis, de equilibrio dice "No, estoy me va a traer lio, mejor no" y lo negamos, así, tan frescos. Si no hay problema sigue el equilibrio. Ahora entenderán mis pacientes cuando les digo: "Cuando cambies realmente tu posición subjetiva te mueves, y cuando cambia de posición la ficha comienza el juego porque están todos obligados a moverse", qué incómodo ¿no? Pero es lo que hay (como dicen aquí en España).
Segunda fase, volver a negar, pensar que bueno, que es un tiempito libre, un pasaje, no pasa nada. Hasta que el Amo dice "Sí pasa, no escuchas, a la cama se ha dicho y no salgas del cuarto". Seguimos siendo niños. Seguimos necesitando de quién nos guíe a pesar que nuestra soberbia y narcisismo nos hace creer que sabemos muy bien lo que queremos y necesitamos.
Hasta hace poco había grandes críticas a la "biología" del ser humano y se ponía en cuestión si la misma era fascista al determinar el genero biológico. Ahora hay un gran silencio, porque la biología no entiende de esos conceptos, aparece como un real.
Los sujetos que tan prepotentes nos volvemos y que creemos que podemos por sobre todo, nos escondemos cómo comadrejas cuando vemos revolotear a la muerte. Ella nos recuerda que somos mucho, pero no todo, que podemos bastante, hasta cierto límite.
Pero ojo! quien no acepta la muerte, quien no entiende que toda lucha es en la vida y por la vida PERO que hay un momento donde uno tiene que poder resignarse frente a lo que no puede, son los que más sufren, porque pasan de la negación a la megalomanía donde pretenden ganar a la muerte, y a la muerte no se le gana, nunca. Las pulsiones de vida hacen que intentemos vivir a toda costa, y es lógico para nosotros y la especie, pero si no logramos entender los límites, la castración de nuestra existencia, nos enfermaremos. Luchemos por hacerlo lo mejor posible y evitar a la muerte todo lo que se pueda. Pero si ella toca la puerta... no se irá a pesar nuestro. Creo que la lucha y resignación son una buena fórmula para no caer en un pánico que se tiene por una mentira : "Pretender ganar lo imposible". Sí podemos hacer mucho, pero como dije antes, no todo. Y si toca, pues toca, con dolor y desgarro por nosotros o los nuestros.
Y ahora la expectativa y la ilusión de que todo vuelva a la normalidad. Y es allí donde volvemos a utilizar la negación para no ver lo que esta frente a nuestras narices. Esta pandemia traerá cambios en lo social y principalmente lo económico, no será gratis este parón. Y tendremos que ver primero cómo cuidarnos, cómo pasarlo y luego cómo volver. Porque volver no será para todos igual.
Aquí se verá quién se estuvo preparando por si se presentaba la falta en cualquiera de sus formas o quien, soberbiamente, hizo como que "nunca le iba a pasar nada".
Estas cuestiones nos sirven para tomar consciencia, madurar y aprender una serie de vivencias, sentimientos y situaciones que debemos atravesar.
Pero también es cierto que en medio del medio, nos metemos en NUESTRAS madrigueras, y a la noche la gente se pone a aplaudir... pero ¿aplauden realmente al otro o a algo de sí mismos?. Somos, por principio psíquico, egoístas, buscamos lo que nos satisface, en este caso, la pulsión de vida.
Y aplaudimos a los médicos y enfermeras porque sentimos que ellos nos pueden salvar. Pero hasta hace nada no les aplaudíamos a pesar de que siguen siendo los mismos. No aplaudimos a los policías, ejército, supermercados, reponedores, repartidores y todos aquellos que deben seguir exponiéndose. Aplaudimos por desesperación y por ilusión, y también para saber que no estamos solos en la madriguera. Nos creemos, falsamente, independientes, y ahora en este cachetazo al ego vemos como necesitamos salir, hablar, saludar, comunicar interactuar y reflejarnos en los espejos de las miradas de lo otros. Aplaudimos para recordarnos semejantes a los demás y que de alguna manera, la ley de la vida (castración) nos atraviesa a todos y que de alguna forma somos individuos porque estamos en una sociedad.
Ahora en el encierro saltarán otras verdades en muchas casas, de todo tipo y sentiremos aquello que decía Freud, que si no se tramita la libido el sujeto se puede angustiar. Y no nos olvidemos que la gente, justiciera, encontrará en diferentes geografías nuevas formas de pulsión de muerte, de cómo destruir al otro con nuevas justificaciones.
Pero desde otro ángulo nos conectamos virtualmente, utilizamos los medios para saber que estamos todos, usamos el chiste para decir verdades y tranquilizarnos, para reírnos de nosotros y del otro, pero también para saber si que algo lanzo el otro lo ve. La tecnología está cumpliendo un rol interesantísimo en este encierro que a la vez nos conecta, para bien y para mal.
No traigo nada nuevo, solo lo que se descubre, lo que ya estaba cubierto, y ahora gracias a esto nos re-conocemos, nos re-encontramos y quizás nos sorprendamos.
Esta situación de encierro no es nueva, en muchas culturas la gente se encierra para re-encontrarse consigo mismo, pero estoy seguro que muchos temen a esto y de hecho vivían escapando de sí mismos, con lo cual aparece un desafío y una serie de realidad que cada cual tendrá que aprender a tramitar o ir al diván del analista para continuar con estos nuevos descubrimientos.
Saldremos, estimo, como siempre, pero las grandes crisis también traerán grandes cambios, descubrimientos y nuevas formas de vida. Los más versátiles y aventureros se adaptarán y otros tomarán su tiempo.
Lo importante, de momento, es vivir lo que toca, esperar y confiar. Porque la pulsión de vida opera en todos, incluso los políticos.
Y luego tocará adaptarse.
Le mando un saludo grande desde mi confinamiento al de ustedes.
Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista
24 de marzo de 2019
Tan difícil es amar y educar para que el otro se haga cargo de su falta?
Tan difícil es amar y educar para que el otro se haga cargo de su falta? - pregunta Mar en un comentario de Facebook (www.facebook.com/Psicosujeto)
La cuestión es que generalmente al amar en los hijos no solo se pone el narcisismo de uno y se ama uno en ellos sino también se ponen ideales, frustraciones, deseos insatisfechos pero a su vez se deposita un yo ideal que no quiere que al hijo/a le pase nada, que no sufra, que no le falte nada. Ponemos a su vez algo de perverso al pretenderlo sin faltas. Simplemente que siga las normas y que le vaya bien y a la vez que continúe siendo eso tan preciado. Sin embargo él también se ve con esos ojos y es una mirada de un ego que pretende encontrarse sin falta. Incluso hoy en día ya no es común escuchar las palabras esfuerzo, dedicación, paciencia, tenacidad, ahínco y resignación. Sino logro, éxitos, tu puedes, si te lo propones lo lograrás, etc. Como si viviésemos en un mundo sin empleados, taxistas, meseros, enfermeros, gente mediocre, común y corriente, gente que no son eso especial que ahora parece que está al alcance de todos pero sólo muy pocos, como siempre, alcanzan.
El otro día posteaba una frase con la palabra inferioridad y a la gente le picaba, le jodía, le molestaba, porque cuando reclamamos, chillamos y pedimos nos creemos importantes, sublimes, con “derechos”, etc pero no queremos decir “pedimos porque estamos en inferioridad con respecto de a quien pedimos”, eso no, eso jode.
Y eso también es asumir la falta, es aceptar y aprende a vivir con lo que se puede y se tiene y que no todos seremos Mozart, Steve Jobs o presidentes la nación.
Pero quizás aprendamos de la falta como Ceverino, mi vecino del pueblo, que ya cuenta con 81 años y le cuesta caminar. Hoy mismo me contaba como de pequeño con unos 5 años se levantaba temprano a cuidar las ovejas con su padre. Como llego a este pueblito (que es más bien una aldea) sin nada más que 30 pesetas. No tendría estudios ni ayudas ni grandes derechos ni beneficios pero él tenía en claro que estaba en falta y que tenía capacidad de trabajo. Y así, trabajando, ahorrando, invirtiendo en su realidad y no sus fantasías narcisistas, fue comprando un pedacito de tierra, un corral, su casa y así acabó teniendo sus cosas. Con esfuerzo con trabajo y sin baño. Sí, aquí se iban al campo y eso era el baño con 14 grados bajo cero en pleno invierno.
Por eso me gusta tanto escuchar las historias y la economía de los abuelos de pueblo y del campo, porque, al menos para mi, son de gente que se logra. Primero asumen su falta, saben lo que tienen y lo que no, y han luchado y logrado superarlas e ir más allá en muchos casos. Quizás no han inventado el iPhone pero ellos nos recuerdan como ser felices. Porque mientras el joven que nada tiene más que narcisismo y fábulas de lo que quiere hacer pero no de lo que puede hacer, los mira con desprecio, ignoran que esa gente aprendió siempre a ser feliz porque supieron alimentar el hambre y no las fábulas. Porque para quien sabe que no tiene, quien lo asume, cada logro es un logro. Pero quien en una fábula vive... los logros son para los desgraciados y no para los dioses como ellos que todo quieren y poco hacen.
Quizás la pregunta de Mar es mucho más profunda de lo que creemos porque por un lado queremos que a nuestros hijos nada les falte, pero si nos les falta nada, lo que les faltará son logros y felicidad. Difícil equilibrio ente nuestro narcisismo proyectado, el sufrimiento y la felicidad. Porque desde el psicoanálisis sólo conocemos el placer a partir del displacer y el deseo a partir de la pérdida... y la felicidad con el reencuentro de lo perdido.
Habrá que estar dispuesto a perder, a reencontrar y a la humildad para poder vivir en falta y feliz.
Entonces a la pregunta original de la dificultad de que el otro se haga cargo de su falta, tendrá que ver con dejar a los hijos que vayan a la vida a perder y ganar.
Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalilsta
conferencia: Cuando el amor de los padres estraga
https://youtu.be/zEP10uuBt4g
Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista
Atención personal y online
sergioalonso2000@gmail.com
11 de enero de 2019
Victimización, ideologías y pulsión de muerte
En la dialéctica del amo y el esclavo, este último no quiere abandonar su posición y reivindica su victimismo ya que en el mismo hay un fuerte componente narcisista que dice: como yo soy víctima y sufro, doy pena y que el mundo cambie por mí. Lo que yo aporto es mi desgracia pero nunca mi capacidad de cambiar para salir de ella. La exposición es un pedido al otro, pero nunca a sí mismo.
De esta manera el esclavo tiene garantizado que no necesita libertad para poder modificar en algo su posición sino que en estado de victimización espera que los demás se sometan a su pena y cambien para él/ella. Es ahora, con la poderosa arma extorsiva de la pena y culpa, que se convierte en amo para someter al otro. En las familias suele aparecer más comúnmente, especialmente en las madres, dichos manejos manipulativos, para lograr que los hijos hagan lo que desea.
La auto victimización no hay que confundirlo con ser víctima de una escena y que esto traiga diferentes movimientos psíquicos en el sujeto. Sino que es cuando a partir de un hecho real o imaginado la persona siente que tiene una herramienta para someter al otro a partir de, ahora, victimizarse.
De esta manera el esclavo tiene garantizado que no necesita libertad para poder modificar en algo su posición sino que en estado de victimización espera que los demás se sometan a su pena y cambien para él/ella. Es ahora, con la poderosa arma extorsiva de la pena y culpa, que se convierte en amo para someter al otro. En las familias suele aparecer más comúnmente, especialmente en las madres, dichos manejos manipulativos, para lograr que los hijos hagan lo que desea.
La auto victimización no hay que confundirlo con ser víctima de una escena y que esto traiga diferentes movimientos psíquicos en el sujeto. Sino que es cuando a partir de un hecho real o imaginado la persona siente que tiene una herramienta para someter al otro a partir de, ahora, victimizarse.
Por eso se habla de una posición, porque una persona puede ser efectivamente víctima de algo, pero otra cuestión es el comercio que pretende realizar con ello que tiene que ver con el sometimiento de los demás.
Una vez instaurada en la sociedad esta dialéctica la cuestión pasa por quien es más víctima y da más pena para obtener beneficios a partir de ella.
La contracara es que el amo, es decir, quien no es víctima y es productor, es mirado despectivamente, criticado y secretamente amado, porque en definitiva es a quien va dirigida la pena. Y el Amo no siempre tendrá que ser una persona, sino que puede ser una asociación, una institución, la mirada del otro o incluso el propio grupo donde se esfuerzan por reclamar la atención del Otro.
De ésta lógica encontramos que en ciertos ámbitos, el poder rejuntar circunstancias que han sido penosas (o lo siguen siendo), dependiendo del contexto, pueden servir como validación para agredir o disminuir al otro. Si una mujer es negra, inmigrante y homosexual (en USA por ejemplo), creerá que tiene poder de agredir a un hombre blanco heterosexual dado que ella fue víctima y él otro no, pero ahora se victimiza con una intensión sádica sobre el otro es decir, repetir para no recordar. Poner al otro en el lugar de víctima para olvidarse de su propio sufrimiento invirtiendo los roles. Cuando en realidad pueden haber miles de personas que han vivido situaciones penosas que en vez de quedarse en la pena y el posterior sadismo se logran a pesar de las dificultades que el otro le pone encima. Allí donde uno se quedan llorando otros se ponen a construir algo diferente a su desgracia.
Pero lo que vemos es que tampoco sucede esto con tanta frecuencia, sino que otras personas toman las vivencias ajenas y, sin haber pasado por ello, lo utilizan como arma para disminuir al prójimo. Lo que encuentra en una excusa que, paradójicamente, es similar a la sufrida. "A mis antepasados los marginaros, entonces yo ahora tengo derecho de joderte" (porque... ¿estará mal joder a los demás?...).
Entonces ¿qué se pone en juego aquí?. Pues frente a tantos nuevos movimientos que permiten agredir al otro, aparece una vieja pulsión: La de muerte. Siempre tan disimulada encuentra la forma (como el demonio diría la religiones católicas) de colarse en todo lo que pueda para saciar, también con sadismo, la destrucción en el otro. Toma la ignorancia, la juventud, la frustración, el odio para expresarse y autorizarse a lastimar al prójimo, destruirlo, aniquilarlo, ponerle un significante que, en la cultura reinante, autorice al aparato psíquico a producir la aniquilación de su semejante. Nuevas corrientes, viejas pulsiones...
Lo que no pueden entender las personas montadas en sus respectivas películas personales y grupales, que lo que hacen es algo que está presente desde que somos humanos, encontrar formas sádicas de dar rienda suelta a la pulsión de muerte.
Y el sujeto enajenado dice "Pero hay brujas" "pero hay hombres que matan" "pero hay nazis" "pero hay mujeres que matan " "pero va en contra de nuestra religión" "pero son infieles""pero hay curas pedófilos" "pero no es lo mismo..." y así poder, como cuando niños, señalar quien es "muy malo" y descargar sobre dicha persona, grupo u objeto, todo nuestra animosidad destructiva.
Y no me refiero justamente a una institución preparada para poder evaluar la situación y tomar acción a partir de ello, sino a la enajenación de la turba, ahora digital muchas veces, que se autoriza a producir el mismo mal (con nuevos ropajes) del cual se quejan. Aprovecharse entre muchos de pocos...
Entonces ser víctima de algo es, evidentemente, algo penoso y difícil, pero también podríamos pensar que victimizarse es exactamente lo contrario, es, en realidad, convertirse en victimario pero con diferentes armas.
Pero lo que vemos es que tampoco sucede esto con tanta frecuencia, sino que otras personas toman las vivencias ajenas y, sin haber pasado por ello, lo utilizan como arma para disminuir al prójimo. Lo que encuentra en una excusa que, paradójicamente, es similar a la sufrida. "A mis antepasados los marginaros, entonces yo ahora tengo derecho de joderte" (porque... ¿estará mal joder a los demás?...).
Entonces ¿qué se pone en juego aquí?. Pues frente a tantos nuevos movimientos que permiten agredir al otro, aparece una vieja pulsión: La de muerte. Siempre tan disimulada encuentra la forma (como el demonio diría la religiones católicas) de colarse en todo lo que pueda para saciar, también con sadismo, la destrucción en el otro. Toma la ignorancia, la juventud, la frustración, el odio para expresarse y autorizarse a lastimar al prójimo, destruirlo, aniquilarlo, ponerle un significante que, en la cultura reinante, autorice al aparato psíquico a producir la aniquilación de su semejante. Nuevas corrientes, viejas pulsiones...
Lo que no pueden entender las personas montadas en sus respectivas películas personales y grupales, que lo que hacen es algo que está presente desde que somos humanos, encontrar formas sádicas de dar rienda suelta a la pulsión de muerte.
Y el sujeto enajenado dice "Pero hay brujas" "pero hay hombres que matan" "pero hay nazis" "pero hay mujeres que matan " "pero va en contra de nuestra religión" "pero son infieles""pero hay curas pedófilos" "pero no es lo mismo..." y así poder, como cuando niños, señalar quien es "muy malo" y descargar sobre dicha persona, grupo u objeto, todo nuestra animosidad destructiva.
Y no me refiero justamente a una institución preparada para poder evaluar la situación y tomar acción a partir de ello, sino a la enajenación de la turba, ahora digital muchas veces, que se autoriza a producir el mismo mal (con nuevos ropajes) del cual se quejan. Aprovecharse entre muchos de pocos...
Entonces ser víctima de algo es, evidentemente, algo penoso y difícil, pero también podríamos pensar que victimizarse es exactamente lo contrario, es, en realidad, convertirse en victimario pero con diferentes armas.
Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista
Pd: Sin embargo, como todo, el victimismo tiene sus magnitudes, y no siempre estará asociado a algo tan fuerte como el intento de aniquilar al otro sino cómo formas más sutiles de extorsión donde se pide porque se sufre y se compele al otro a otorgar jugando con la culpa.
Pd: Sin embargo, como todo, el victimismo tiene sus magnitudes, y no siempre estará asociado a algo tan fuerte como el intento de aniquilar al otro sino cómo formas más sutiles de extorsión donde se pide porque se sufre y se compele al otro a otorgar jugando con la culpa.
1 de octubre de 2018
La frustración de no llegar a los ideales: Los millennials
Aquí traigo una charla muy interesante sobre los millennials. O dicho de otra manera, los jóvenes de ahora. Expectativas altas, ausencia de conciencia de límite y esfuerzos que esperan frutos sobredimensionados. Dicho en palabras psicoanalíticas: "La negación de falta a través del narcisismo". La cuestión aquí son los altos niveles de frustración (cosa que se habla en la crisis de los 30's) y por otro lado la dificultad que vemos en la consulta con esta juventud que se acusa y acosa por no ser Steve Jobs a los 30 años, y tampoco aceptan el tiempo, el trabajo, la humidad de las posibilidades esto puede llevar a diferentes salidas, desde superarlo hasta ideas suicidas.
Saludos
Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista
Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista
10 de mayo de 2018
10 de abril de 2018
El perverso que nos habita...
La palabra perverso en psicoanálisis no tiene le mismo significado que el que se le puede dar socialmente. Responde a una forma que se debate si es estructural o no y que aquí hoy intento describir o develar de alguna manera:
El perverso se queda atrapado en la posición infantil. A lo largo de la vida tenemos que ir dejando los aspectos perversos de nuestras vidas para ir madurando. Pero... ¿Todo el mundo lo hace?
Quizás tengamos que plantearnos qué es el perverso. Es algo que por algún motivo se suele explicar de forma sumamente compleja y quizás hayan maneras de poder abordarlo diferente.
El niño es un perverso. Es decir, está dominado por el principio de placer, quiere satisfacer todo aquello que se le ocurre. Ahí está el mundo exterior, la cultura y la familia como filtro de la misma que le van enseñando como dominar sus pulsiones, o domarlas para que sigan un curso cultural. Sin embargo, mientras tanto, el niño se le da todo "gratis", su mera existencia es motivo de pago por aquello que recibe. Comida, cariño, cobijo, dinero, regalos, ropa, todo le es dado por ser bueno (o simplemente ser). Por supuesto que nada es gratis y a cambio deberá ir adaptándose al mundo exterior. Poco a poco tendrá que ir renunciando al mundo de la satisfacción inmediata a cambio de la adaptación a su medio (cultura), aquello que se llamo principio de realidad. Que hay cosas que tenemos que posponer para poder obtener un resultado a largo plazo.
Lo cierto es que todos venimos de ese lugar donde era necesario y constitutivo el recibir y no tener que pagar.
Quizás algunos ya tengan varias ideas a partir de esto poco que he dicho sobre muchos adultos.
Algunos se quedan estructurados como perversos. A pesar de ciertas adaptaciones, para ser más o menos sociales, su principio es obtener todo del otro sin dar nada a cambio o muy poco. Se quedan en la posición psíquica dónde el otro tiene que darle, gratis, aquello que necesita. Es "su derecho", dicen a los gritos, cuando a la hora de las obligaciones suelen ser muy silenciosos. Otros no son tan discretos y roban, violan, le quitan al otro en pos de su satisfacción. No hacen el pago o trueque por lo que reciben del otro. Quieren frutos de los árboles que no han regado ni cuidado, y satisfacerse dejando desiertos. Total... otros vendrán a arreglarlo. Se saltan aquello que llamamos castración que nos deja una falta. La separación con ese otro que nos nutre y nos deja en falta de aquello que se recibía. Lo cual genera que el sujeto tenga que ir a buscarlo al mundo. Ahora, el tema, será si lo irá a buscar con las normas del mundo que lo circunda o se las saltará e intentará que el mundo sea como esos padres nutrientes que se sentían pagados con su existencia.
Pero la perversión no siempre es tan evidente, porque un sujeto no se define solamente por ser o no ser perverso. Todos tienen aspectos perversos en mayor o menor medida. En todas las estructuras están los anhelos infantiles (perversos) de satisfacerse a costa del otro. Como cuando el bebé, toma toda la leche sin agradecer, solo satisfacer su necesidad. Obviamente no agradece, como los niños, sólo con el tiempo lo aprenden y algunos con los años lo entienden.
La perversión se puede ver en gente muy buena, "buenita" e incluso inocente. Les encanta las frases "la intención es lo que vale"... Claro, cuando lo que uno da no sirve vale la intención, pero cuando uno tiene que recibir... ¿Vale la intención? Digo... ¿Vale la intención de intentar alimentar a un hijo, o vale el hacerlo bien? ¿Vale el intentar trabajar bien o el hacerlo bien? Digamos cuando uno no es responsable de las consecuencias la intención es suficiente y dulce, pero cuando hay que tener resultados es necesaria la madurez y responsabilidad.
El perverso ahora es un producto común en la sociedad actual. El mensaje, como ya mucho decimos los analistas, es "Tú lo vales por tu mera existencia", "Te lo mereces", "Pide y se te dará", "haz un acto mágico y lo obtendrás". Todos mensajes perversos, infantiles, que eran cierto cuando éramos pequeños, que podemos anhelar pero sabemos que en la adultez no. De alguna manera, también como forma comercial y de marketing, se le vende al sujeto la magia... la magia de la vuelta a la infancia. El sujeto en posición perversa quiere que el otro pague por sus faltas. Por eso muchas veces son en extremo simpáticos, o defienden sus derechos (no sus obligaciones), o simplemente no se preocupan, porque en el fondo saben que siempre es el otro quien lo hará. Aparecen con formas de victimismos, o con la que cada uno encuentra, siempre para que el otro se haga cargo y no la propia persona.
El perverso cree que su necesidad es suficiente para que se le dé y de hecho así lo reclama. Y conste que suele llamar a la "manutención" como "ayuda". No quieren que se les de una mano para que se levanten sino que uno se agache para que no se molesten. Siempre están listos para huir con el botín, pensando que están en su derecho y que el mundo es injusto (y ellos por supuesto que no) o para acusar con el dedo al otro, pero no plantearse sobre uno.
Pero no hablo del perverso "puro" o de estructura, hablo de los aspectos perversos que lleva todo el mundo dentro, algunos más arraigados y otros no.
El otro día me presentan un caso de un adolescente, que, obviamente cuando se ponen las cosas serias en el colegio no responde. No presenta problemas cognitivos, sino más bien "motivacionales" (vamos, que vagueaba todo el rato y así lo confesaba). Luego de escucharlo, obviamente estaba en posición perversa. Padres separados, una madre que había alimentado la perversión pero a la vez que se había ausentado como madre y presentado demasiado como obstáculo, en especial con la relación con un padre que de alguna manera quedaba opacado en la relación con su hijo. Digamos que esos hombres quedaban devorados o anulados por esta mujer. Sin embargo la revelación aparece por diferentes lugares. Y cuando el adolescente de 19 años falta a su sesión, porque "le dolía la cabeza" (cosa que decía cuando no quería ir al colegio o se olvidaba de hacer algo), y avisa 3 minutos luego de que había comenzado su turno y lo sabía desde la mañana, le informo que como ya sabía, lo tenía que abonar, porque estaba pagando por reservar mi tiempo. Lo interesante es que luego no viene porque le tocaba pagar a la madre y no lo hacía. El chico sabe de su deuda. Se lo informo al padre ya que eran los que pagaban. Y aquí aparece la perversión del chico. Se lo llevan de vacaciones dos meses, y no lo abona. No abona la ausencia, la mentira, la excusa, es decir, todo de lo que se venían quejando los padres.
Y ahí aparece el real de esa familia, que aquello que vinieran a que el profesional se haga cargo era de la perversión que alimentaban ellos.
Así el sujeto con aspectos perversos "nunca tiene dinero a pesar de ganar bien", se pone mal cuando "a la novia a la cual siempre engaño ahora esta con otro", como si se le fuese la mami con un hombre adulto de verdad. Y esto, repito, aparece en todas las estructuras. Porque todos de alguna manera mantenemos aspectos infantiles de nuestra vida y personalidad, pero digamos que se contienen en el aspecto afectivo.
Así aparece los aspectos perversos, cuando el sujeto no quiere pagar por lo propio.
Hay un momento donde cada uno no solo entiende lo que le cuesta a uno, sino lo que le cuesta al otro.
Los más jóvenes intentan a toda costa de no perder sus "derechos perversos", es decir de recibir todo gratis.
Pero digamos por ejemplo que el sujeto intentan trucar sus aparatos para conseguir gratis las aplicaciones y juegos que dan trabajo y esfuerzo a muchas personas. Dicen que son "empresas" y creen, como si fuese una proyección, que los precios son "a capricho". En otro momento de la vida el sujeto, si puede, claro está, entiende que tiene que pagar, así como él cobra por su trabajo.
¡Tantos comentarios perversos!...
Una vez decía un hombre, ya en su treintena, que las empresas que consiguen mejoras tecnológicas tendrían que dejar que los empleados se vayan antes y sigan cobrando lo mismo porque lo hace una maquina. Y sí, lo decía en serio. (Sin calcular que dichas máquinas tienen costes, mantenimiento, consumo, etc. Sólo pensaba en lo que a él le concernía)
El pensamiento perverso produce eso, poner siempre la falta, el coste, en el otro, con cierta prepotencia de la infancia y capricho de defender "su derecho a que el otro pague por sus faltas".
De ahí la fantasía en el capitalismo que "todo se compra". Pero no todo se compra, y ahí aparecen por un lado las fantasías como brujos y promesas absolutas, y por otras las frustraciones y aceptaciones de la realidad que tanto molestó. O, también, los ataques de ansiedad y de pánico cuando una realidad, largamente negada, toca la puerta.
La cuestión es que ahí está el tema, en donde pretende poner la falta cada uno.
Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista
1 de marzo de 2017
Los tres tiempos del edipo
Fuente: https://bernaltieneunblog.wordpress.com/2011/11/04/320-los-tres-tiempos-del-edipo-lacaniano/
El Edipo lacaniano se divide en tres tiempos; son tiempos lógicos, no cronológicos, que nos ayudan a pensar la clínica y la constitución del sujeto.
En el primer tiempo del Edipo, el niño desea ser el objeto de deseo de la madre. ¿Qué desea la madre? La respuesta es: el falo. Ella siente su incompletud, su falta, su castración en la medida en que le falta el falo. Esto es lo que hace que la mujer que desea ser madre busque un hijo que la haría sentirse completa; ella simboliza el falo en el hijo inconscientemente, es decir, produce la ecuación niño = falo. El niño, a su vez, se identifica con aquello que la madre desea, se identifica al falo; él es el falo para la madre y la madre pasa a ser una madre fálica, completa, a la que no le falta nada. En este primer tiempo del Edipo está en juego lo que Lacan denomina la tríada imaginaria: el niño, la madre y el falo; el falo cumple aquí con su función imaginaria: crearle la ilusión al sujeto de que está completo. La madre se siente plena, realizada, completa con su posesión (Bleichmar, 1980).
En el segundo tiempo del Edipo, interviene el padre, pero más que el padre, interviene la función paterna. El padre, o la persona que cumpla con su función, interviene privando al niño del objeto de su deseo -la madre-, y privando a la madre del objeto fálico -el niño-. El niño, entonces, gracias a la intervención del padre, deja de ser el falo para la madre, y la madre deja de ser fálica. Ésto último es lo más importante de este segundo tiempo: que la madre deje de sentirse completa con su posesión, que se muestre en falta, deseando, más allá de su hijo, a su esposo, o alguna otra cosa, es decir, que ella se muestre en falta, castrada, deseante. Si esto no sucede, el niño queda ubicado como dependiente del deseo de la madre, y la madre se conserva como madre fálica (Bleichmar, 1980). Si esto sucede, el niño puede llegar a ser un perverso, ya que, como lo indica Lacan, todo el problema de las perversiones de un sujeto consiste en concebir cómo un niño se identifica con el objeto de deseo de la madre, es decir, el falo. Cuando el niño “es” el falo de la madre y la madre permanece siendo fálica, esto nos va a dar la perversión.
La pérdida de la identificación del niño con el valor fálico es lo que se denomina castración simbólica; él deja de ser el falo y la madre deja de ser fálica, ella también está castrada; es decir que la función paterna consiste en separar a la madre del niño y viceversa. Es por esto que se dice que el padre, en este segundo tiempo, aparece como padre interdictor, como padre prohibidor, en la medida en que le prohíbe al niño acostarse con su madre, y le prohíbe a la madre reincorporar su producto (Bleichmar, 1980). Él entonces tiene como función transmitir una ley que regule los intercambios entre el niño y su madre; esa ley no es otra que la ley de prohibición del incesto, ley que funda la cultura y regula los intercambios sociales.
En el tercer tiempo del Edipo, producida la castración simbólica e instaurada la ley de prohibición del incesto, el niño deja de ser el falo, la madre no es fálica y el padre… ¡tampoco!, es decir, el padre no “es” la ley -lo cual lo hace parecer completo, fálico-, sino que la representa -padre simbólico-. En este tercer tiempo del Edipo se necesita de un padre que represente a la ley, no que lo sea, es decir, se necesita de un padre que reconozca que él también está sometido a la ley y que, por tanto, también está en falta, castrado. En este tercer tiempo del Edipo, el falo y la ley quedan instaurados como instancias que están más allá de cualquier personaje (Bleichmar, 1980); ni el niño, ni la madre ni el padre “son” el falo; el falo queda entonces instaurado en la cultura como falo simbólico. El Edipo, por tanto, es el paso del “ser” al “tener” -en el caso del niño-, o “no tener” -en el caso de la niña-.
Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista
26 de enero de 2017
Cuando los objetos cobran vida
Hoy hablaba con una paciente. Entre sonrisas y un poco avergonzada me dice que sigue a Marie Kondo. No era la primera vez que escuchaba algo de esta Japonesa que enseña como ordenar. Desde ya la lógica opera en este caso y no hay nadie mejor que una japonesa para saber de optimizar espacio y organizarlo (o al menos eso se suele decir).
Sin embargo la vergüenza no pasaba por eso sino porque Marie Kondo y los japoneses, en la sabiduría que alberga su cultura milenaria, explica que cada cosa que tenemos en nuestra casa tiene vida, especialmente que tiene alma.
Con lo cual, con una ternura respetuosa, al tener que tirar algo nos enseña a agradecer al objeto por los servicios prestados y despedirse.
La paciente, también profesional de la salud mental, escondía su miedo a mi escepticismo detrás de su risa. Sin embargo le dije que la cultura Japonesa sabe también del psicoanálisis, y justo antes, en la conferencia sobre "El duelo y la pérdida afectiva", hablé de esto. Los humanos llenamos de líbido los objetos, sólo "son" porque nos significan. Dichosos aquellos que pueden llenar su vida de líbido, de vida, de objetos que les significan, de pequeños espíritus que nos rodean. Porque como decimos, el sujeto se encuentra en esos objetos, es decir "SE" reencuentra. Todo eso es la extensión de sí mismo, de sus elecciones y de sus significaciones.
¿Por qué no? ¿Por qué no despedirse de aquello que nos acompañó y nos reflejo?
¿No sería acaso más triste no tener que despedirse de nada, de una vida llena de cosas vacías?
Recuerdo a mi madre que antes de mudarse, entre lágrimas, saludaba a la casa que nos vio crecer y le agradecía por haber estado y habernos alojado.
Los humanos tenemos esta proyección animista en eso que nos rodea. Les hablamos a las plantas, a los animales, a los objetos, a estatuas inclusive y aún más, a lo que no está, a los dioses.
No toda idea fantasiosa necesariamente opera en una red delirante, a veces es una forma estructurante de la cultura. En este caso de saber respetarse y respetar. Algo que parece que en el capitalismo salvaje se pierde en el usar y tirar.
No creo que haya vergüenza en creer lo que nos dice la Marie, sino orgullo de poder valorar lo que tenemos, incluso en su pérdida.
Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista
10 de enero de 2017
Al pagar no sólo se adquiere un objeto
Veníamos en el coche. Detrás estaba Alberto con Alex, su cachorro de gran Danés de 2 meses. Hablando de los primeros cuidados nos comenta como un vecino le dijo que tenía una amiga veterinaria que podía atenderlo y revisarlo gratis. Y que sólo le cobraría algún medicamento si fuese necesario.
Hubo un pequeño silencio, de esos que hablan y este no era necesariamente aprobatorio. En eso me dice Alberto "¿qué te parece?", - a lo que contestó - "que yo a mi perro no lo dejaría que lo atiendan gratis mientras pudiese pagarlo".
Se quedó un poco estupefacto y continúe: Dime una cosa, ¿tú harías un trabajo tuyo gratis?.
No - fue su respuesta - Bueno quizás si fuese... No, en realidad no. - volvió a afirmar
¿Y cuando lo hacías gratis por qué era? - le interrogué
Ahhh... Ya - dijo afirmando con la cabeza
En ese momento cayó en la cuenta que quien no cobra por aquello que hace, por más que sea de forma simbólica, no lo valora, y si no lo hace, tampoco le da algo valor al otro. En todo caso al hacerlo "gratis" se lo está cobrando por otro lado (no necesariamente en dinero). Quizás para no hacerse cargo del lugar que ocupa, ya que quien no cobra no oficializa su obra, si no cobró puede equivocarse libremente y seguir siendo bueno/a.
Luego me encuentro con el otro vecino amigo de esta chica veterinaria y le comentó esto y me dice: "Es que justamente ella es muy buena pero tiene siempre miedo de ser reconocida, de cobrar, de hacerse cargo de lo que hace. Si está en el hospital de perros que trabaja, no hay problema porque es el hospital, pero cuando tiene que ser ella la que se hace cargo, pone excusas de todo tipo".
Ahora bien, también se plantea desde el que paga. Cuando el sujeto paga, a priori, paga por algo, pero no es sólo el objeto o servicio, sino que en ese pagar adquiere que el otro se haga cargo de su necesidad y paradógicamente el que paga la reconoce y se tranquiliza. Cuando se está dando dinero (libido) por algo, en el preciso momento que se hace, se está consiguiendo algo, porque en ese pagar, es algo que uno paga por un objeto "para uno". En ese dar, el sujeto a la vez se está dando. Es el pagar, algo especular, no se da sólo por un intercambio, sino que el sujeto se envuelve de eso que recibe por lo que da. Con lo cual al pagar se está también dando a sí mismo.
De ahí que la gente dirá "¡me ha costado tanto!" (con cierto orgullo que denota cuánto se anima a darse a sí mismo). Veamos cómo justamente el pago no es algo que se da al otro, sino que desde el plano simbólico se lo está dando a uno mismo.
Y también leído desde este lugar, habrá que ver qué le pasa a cada cual con aquello se anima a darse o a quitarse. También si ese valor que adquiere lo siente como real o algo ficticio que cubre, si lo guarda receloso o lo muestra para intentar validar una mentira, etc.
Creo que en otro artículo comentaba algo similar con dos hermanos en posición diferente. Uno estaba orgulloso de lo que conseguía a precio súper barato (producto chino), como si fuese ese niño pícaro que escapa a la realidad de tener que pagar y sigue consiguiendo casi gratis ( que por cierto, ya se ha vuelto a vivir con sus padres). El otro hermano estaba orgulloso de haber podido pagarse una prenda de vestir fruto de su esfuerzo. No quería que fuese barato, quería poder ponerse eso que dio, transformar un valor en otro. Y paradójicamente este hermano en esta postura se sigue sosteniendo con su pareja en su piso y construyendo algo.
(Siempre dentro de un marco de principio de realidad y que aquello que se da no sea una negación de una realidad).
Veamos, por ejemplo, como un madre se enorgullece de aquello que ha gastado en su hijo independientemente del objeto adquirido. En ese dar ya ha ganado algo.
Veamos, por ejemplo, como un madre se enorgullece de aquello que ha gastado en su hijo independientemente del objeto adquirido. En ese dar ya ha ganado algo.
Hete aquí la gran cuestión, si dentro de las posibilidades del sujeto, el mismo es capaz de "pagar-se" algo. O si siempre se mantiene a "bajo coste". Es como un pasaje de la castración donde unos comprenden la falta y adquieren algo para recubrirla un poco y los otros que pretenden que sea cubierta por el otro y así no hacerse cargo.
En todo caso el dinero y su uso, desde el Psicoanálisis, es un significante que dependiendo el sujeto y su escena cobrará un significado particular.
Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista
PD: En este caso abordamos la cuestión del dinero, pero entendemos el mismo como un representante libidinal. Ergo no es sólo el billete lo que puede hacer adquirir algo, sino también otros tipos de intercambio.
4 de enero de 2017
Repetimos todo el tiempo una mentira
Al principio del programa muestran cómo mueren los padres en un accidente de coche. El padre lo hace en el momento, la madre estaba en muy mal estado, y el niño(hermano mayor) que iba en el coche, se había salvado. Teniendo unos 9 años salió y pidió ayuda.
Hasta aquí todo, digamos, normal.
Pero en la escena de la película donde se discuten sale la fórmula de la famosa repetición.
En La repetición se goza de una negación de algo, pero no algo del presente, sino del pasado que se escenifica una y otra vez en la repetición. Por eso el objetivo o meta de la repetición en sí no debe ser nunca alcanzado porque en realidad la repetición es aquello que está posicionado un goce.
Estas palabras pueden ser muy confusas pero el ejemplo nos lo aclarará.
El hombre le dice, en estado de enfado y frustración, por primera vez a su hermana, que su madre murió por su culpa, porque él no la había podido ayudar. Era su culpa que hubiese muerto. Y de ahí él tenía que repetir una y otra vez el intentar salvar a la gente en estados de emergencia, en países con terremotos o catástrofes. Se repetía justamente esos significantes: “catástrofe” “siniestro” “accidente” nada más que en la repetición él necesitaba lograr una mentira “que los salvaba”. Sin embargo para poder repetirse esa mentira tenía que hacerlo una y otra vez. Porque justamente mientras lo hacía gozaba de una negación y la misma era que “no los había podido salvar”. En el acto se renegaba la falta, la incapacidad de haberlos podido salvar y la culpa que siente el sujeto frente a la pérdida. Y en tanto podía salvar una y otra vez podía negar todo lo dicho: La pena y la pérdida. Y la pérdida lo remitía a la falta, a negarla.
Así este hombre gozaba al repetir de negar la falta, en este caso, de la imposibilidad de hacer algo en la muerte de los padres. Algo que en su momento calló, no pudo procesar y de forma obsesiva y repetitiva intentaba desafiar a la muerte una y otra vez.
En el guión, muy bien diseñado, muestra que al final, luego de la discusión también se va, pero esta vez, no parte a la catástrofe. En esta oportunidad se da cuenta de algo, que si se iba perdería a la mujer y la hija. Asume la falta pero en este caso, del presente y la puede ver y sopesar. Pero sólo cuando llega a ese punto donde comenzó la repetición y pudo asumir la pérdida es cuando puede dejar de repetirla durante una vida entera.
Esto es, como siempre, una pequeña pincelada de la teoría, pero pensemos otras cosas, como se estructuró toda una vida en función de esa escena, su carrera, sus elecciones y sus experiencias en base a una repetición. El coste de esto fue no poder construir nada más que la negación de una realidad pasada (pero no enterrada) y el tiempo que dedicó de su vida a ello.
Esto me hace pensar a aquellos que suponen que un análisis es caro o que dura mucho y lo que no saben que es mucho más duradero los síntomas, sus consecuencias y costes.
Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista
PD: Por eso la mosca repite y se estrella una y otra vez contra el vidrio. Porque mientras sueña que en algún intento no estará, se olvida que siempre estuvo y goza de negar algo que está frente a sus narices.
10 de noviembre de 2016
29 de septiembre de 2016
29 de julio de 2016
¡Me lo debes! Te he dado la vida
Sin embargo entre sus tantas formas aparece la madre con una demanda perversa que escapa a toda ley. Es la que pretender que un acto le de intereses infinitamente sin hacer nada a cambio. Hablamos de las madres que cobran una "deuda" que le han hecho contraer al hijo por su existencia.
Y es una deuda perversa porque al no existir dicha deuda (imposible demanda de quién aún no existe) no se puede pagar nunca. En especial porque nadie solicitó nada, o mejor dicho, la demanda está del lado de la madre. Entonces hablamos de estafa. Y también lo decimos porque todo eso que recibe el sujeto en su infancia, estima que es por amor, por su existencia, porque su mera presencia es motivo de recibir. Sin embargo, las madres (incluso padres, directamente o como avales de dicho discurso) que luego pretenden "cobrar" todo esto, transforman esos actos de amor en una inversión, y si no era amor, es estafa. El hijo/a se siente engañado, uno que produce un profundo dolor y se tenderá a negar de todas las formas posibles para no aceptar esa devoradora forma de haber sido querido/a.
Pero hay más... Luego aparecen las madres que los hijos las abandonan, de alguna manera no quieren saber más nada con dicha demanda y con la estafa que han generando. Y esas madres se siguen quejando que han dado la vida y que se las tienen que devolver constantemente. Es como un "yo ya te di algo ahora tienes que ser mi esclavo/a de por vida".
Para explicar esto creo que lo mejor es pensar en la dialéctica que se genera entre un jardinero y su árbol frutal:
Para tener un árbol, que dé algún fruto, es necesario plantarlo. Pero no sólo eso, sino cuidarlo, regarlo, ponerle todo lo necesario para que crezca, e incluso, podarlo. También hay que cuidarlo de los ataques de bichos, plagas y alimañas que lo puedan lastimar. Al menos hasta que se haga fuerte. Ese árbol, ya crecido, con los años dará frutos y el jardinero comerá de ellos. Sin embargo si el jardinero se comportase como una madre estrago se preguntaría porque no le da más frutos, sin poder darse cuenta que aún siendo adulto, el árbol sigue necesitando que se lo riegue y cuide. Es decir, sigue existiendo una dialéctica de algo que se da y otra cosa que se recibe a cambio.
Un "Jardinero estrago" no le interesaría realmente el árbol, sino con cierta codicia libidinal, pretendería sólo sus frutos, pero no lo regaría, ni lo cuidaría de plagas, ni alimañas ¿Qué sucedería? Pues que el árbol se secaría, se llenaría de enfermedades, los frutos no serían buenos e incluso se podría llegar a pudrir. Se comportaría como un niño frente a un muñeco más que un adulto considerado con su prójimo.
Si el árbol pudiese caminar, posiblemente se alejaría del jardinero estrago para poder sobrevivir. Y ahí está lo loco de la historia, que por un lado el jardinero estrago lo plantó y lo cuido durante una época, y eso lo confunde, porque también sabe que le hace mal. Una vez lejos podría establecer relaciones donde pudiese dar y recibir y así crecer más. Pero lamentablemente sólo lejos del codicioso jardinero que solo quiere sus frutos y cuando dice "quererlo" en realidad se refiere a lo que puede recibir, no al árbol en sí.
Por eso se verá que muchas veces tanto hijos como hijas se alejan de sus padres y no quieren saber nada de ellos. No es que sea el único motivo, pero repetidas veces se observa que los padres en algún momento se pueden convertir en una demanda que nada o poco da y mucho pide. Y justamente lo que piden tiene que ver con lo mortífero para los hijos. Así de paradójicas pueden ser las relaciones, la misma persona que da la vida puede en su demanda despreciarla...
Sin dejar fuera tampoco las repeticiones en relaciones de este tipo (con otros) donde el sujeto se encuentra en posición pasiva, es decir, en relaciones donde se le da muy poco y se les pide mucho, o en activas, donde ahora la víctima se convierte en victimario. Lo difícil de estas escenas y posiciones subjetivas frente a los otros internos, y ahora proyectados, son los mandatos que le dicen al sujeto que "sólo vive para mí" no pudiendo la persona apropiarse de su vida y alejarse. Digamos que la relación del cual el sujeto no se ha podido escapar subjetivamente (pasar por la castración) sigue generando un tipo de demanda particular, que dependerá de cada historia, donde la persona especularmente (como si estuviese frente a un espejo) se amolda para satisfacer a alguien histórico (goce) a pesar de que le pueda producir malestar en su vida cotidiana.
Sin embargo creo importante resaltar que cuando alguien siente que no tiene que dar algo y a la vez siente culpa, hay algo del orden de una dialéctica mal articulada que se pone en juego y que habría que plantearse qué sucede en esa relación o que ha sucedido toda la vida.
A veces el esclavo cuando se escapa de un latigazo hasta se siente culpable...
Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista
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