"Hay algo que debéis entender de mi forma de trabajar. Cuando me necesitáis y no me queréis, debo quedarme. Cuando me queréis, pero ya no me necesitáis, debo irme... Es un poco triste, pero es así"- película: La niñera mágica.

(Sin embargo, a pesar de mi ausencia física, me tendréis allí donde me necesiten)


16 de agosto de 2018

Cuando la verdad también es una mentira




"Él trabaja se esfuerza y le va bien. Pero no admite qué le pasa ni por qué se esfuerza sino que se justifica y piensa que es un campeón, un ganador y que tiene lo que le corresponde, lo que se merece. No ha renunciado a una mirada narcisista infantil, no admite la falta y que justamente porque está en falta se esfuerza, se logra y obtiene grandes o pequeñas metas. No parte de la premisa que como ha perdido (la falta) tiene algo que ganar, sino que intenta hacer cosas que justifiquen que no ha perdido nada, mantener un estatus narcisista absoluto e infantil. Entonces los logros son mentiras que niegan sus faltas. De ahí que pueden perderlo todo, porque supone que lo que tiene se lo merecen por su existencia y no por su esfuerzo y trabajo ya que con su mera presencia no es suficiente. Quien logra aceptar la falta entiende que le falta, que debe hacer algo en la vida porque está en falta y por eso lucha. Y es ahí donde el logro es fruto de lo que le falta. En cambio cuando el sujeto niega su falta y quiere lograr para sostener la mentira de que no le falta nada, es cuando sus logros son mentiras. La misma situación al sujeto se le puede jugar como remedio o veneno, como verdad o como engaño. Es así como en el psicoanálisis las cosas no tienen un valor absoluto sino dependiendo desde donde se vevencián subjetivamente". Entonces cuando alguien tiene un logro pequeño o grande y lo usa para pensar que no ha perdido nada, que no se ha castrado, que no esta en falta, es un engaño, una mentira, una forma no aceptar que sus faltas no son pasajeras sino estructurales y siempre las tendrá. 


Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo - Psicoanalista

10 de abril de 2018

El perverso que nos habita...

La palabra perverso en psicoanálisis no tiene le mismo significado que el que se le puede dar socialmente. Responde a una forma que se debate si es estructural o no y que aquí hoy intento describir o develar de alguna manera: 


El perverso se queda atrapado en la posición infantil. A lo largo de la vida tenemos que ir dejando los aspectos perversos de nuestras vidas para ir madurando. Pero... ¿Todo el mundo lo hace?

Quizás tengamos que plantearnos qué es el perverso. Es algo que por algún motivo se suele explicar de forma sumamente compleja y quizás hayan maneras de poder abordarlo diferente. 

El niño es un perverso. Es decir, está dominado por el principio de placer, quiere satisfacer todo aquello que se le ocurre. Ahí está el mundo exterior, la cultura y la familia como filtro de la misma que le van enseñando como dominar sus pulsiones, o domarlas para que sigan un curso cultural. Sin embargo, mientras tanto, el niño se le da todo "gratis", su mera existencia es motivo de pago por aquello que recibe. Comida, cariño, cobijo, dinero, regalos, ropa, todo le es dado por ser bueno (o simplemente ser). Por supuesto que nada es gratis y a cambio deberá ir adaptándose al mundo exterior. Poco a poco tendrá que ir renunciando al mundo de la satisfacción inmediata a cambio de la adaptación a su medio (cultura), aquello que se llamo principio de realidad. Que hay cosas que tenemos que posponer para poder obtener un resultado a largo plazo. 
Lo cierto es que todos venimos de ese lugar donde era necesario y constitutivo el recibir y no tener que pagar. 

Quizás algunos ya tengan varias ideas a partir de esto poco que he dicho sobre muchos adultos. 
Algunos se quedan estructurados como perversos. A pesar de ciertas adaptaciones, para ser más o menos sociales, su principio es obtener todo del otro sin dar nada a cambio o muy poco. Se quedan en la posición psíquica dónde el otro tiene que darle, gratis, aquello que necesita. Es "su derecho", dicen a los gritos, cuando a la hora de las obligaciones suelen ser muy silenciosos. Otros no son tan discretos y roban, violan, le quitan al otro en pos de su satisfacción. No hacen el pago o trueque por lo que reciben del otro. Quieren frutos de los árboles que no han regado ni cuidado, y satisfacerse dejando desiertos. Total... otros vendrán a arreglarlo. Se saltan aquello que llamamos castración que nos deja una falta. La separación con ese otro que nos nutre y nos deja en falta de aquello que se recibía. Lo cual genera que el sujeto tenga que ir a buscarlo al mundo. Ahora, el tema, será si lo irá a buscar con las normas del mundo que lo circunda o se las saltará e intentará que el mundo sea como esos padres nutrientes que se sentían pagados con su existencia.

Pero la perversión no siempre es tan evidente, porque un sujeto no se define solamente por ser o no ser perverso. Todos tienen aspectos perversos en mayor o menor medida. En todas las estructuras están los anhelos infantiles (perversos) de satisfacerse a costa del otro. Como cuando el bebé, toma toda la leche sin agradecer, solo satisfacer su necesidad. Obviamente no agradece, como los niños, sólo con el tiempo lo aprenden y algunos con los años lo entienden. 

La perversión se puede ver en gente muy buena, "buenita" e incluso inocente. Les encanta las frases "la intención es lo que vale"... Claro, cuando lo que uno da no sirve vale la intención, pero cuando uno tiene que recibir... ¿Vale la intención? Digo... ¿Vale la intención de intentar alimentar a un hijo, o vale el hacerlo bien? ¿Vale el intentar trabajar bien o el hacerlo bien? Digamos cuando uno no es responsable de las consecuencias la intención es suficiente y dulce, pero cuando hay que tener resultados es necesaria la madurez y responsabilidad. 

El perverso ahora es un producto común en la sociedad actual. El mensaje, como ya mucho decimos los analistas, es "Tú lo vales por tu mera existencia", "Te lo mereces", "Pide y se te dará", "haz un acto mágico y lo obtendrás". Todos mensajes perversos, infantiles, que eran cierto cuando éramos pequeños, que podemos anhelar pero sabemos que en la adultez no. De alguna manera, también como forma comercial y de marketing, se le vende al sujeto la magia... la magia de la vuelta a la infancia. El sujeto en posición perversa quiere que el otro pague por sus faltas. Por eso muchas veces son en extremo simpáticos, o defienden sus derechos (no sus obligaciones), o simplemente no se preocupan, porque en el fondo saben que siempre es el otro quien lo hará. Aparecen con formas de victimismos, o con la que cada uno encuentra, siempre para que el otro se haga cargo y no la propia persona. 

El perverso cree que su necesidad es suficiente para que se le dé y de hecho así lo reclama. Y conste que suele llamar a la "manutención" como "ayuda". No quieren que se les de una mano para que se levanten sino que uno se agache para que no se molesten. Siempre están listos para huir con el botín, pensando que están en su derecho y que el mundo es injusto (y ellos por supuesto que no) o para acusar con el dedo al otro, pero no plantearse sobre uno. 

Pero no hablo del perverso "puro" o de estructura, hablo de los aspectos perversos que lleva todo el mundo dentro, algunos más arraigados y otros no. 

El otro día me presentan un caso de un adolescente, que, obviamente cuando se ponen las cosas serias en el colegio no responde. No presenta problemas cognitivos, sino más bien "motivacionales" (vamos, que vagueaba todo el rato y así lo confesaba). Luego de escucharlo, obviamente estaba en posición perversa. Padres separados, una madre que había alimentado la perversión pero a la vez que se había ausentado como madre y presentado demasiado como obstáculo, en especial con la relación con un padre que de alguna manera quedaba opacado en la relación con su hijo. Digamos que esos hombres quedaban devorados o anulados por esta mujer. Sin embargo la revelación aparece por diferentes lugares. Y cuando el adolescente de 19 años falta a su sesión, porque "le dolía la cabeza" (cosa que decía cuando no quería ir al colegio o se olvidaba de hacer algo), y avisa 3 minutos luego de que había comenzado su turno y lo sabía desde la mañana, le informo que como ya sabía, lo tenía que abonar, porque estaba pagando por reservar mi tiempo. Lo interesante es que luego no viene porque le tocaba pagar a la madre y no lo hacía. El chico sabe de su deuda. Se lo informo al padre ya que eran los que pagaban. Y aquí aparece la perversión del chico. Se lo llevan de vacaciones dos meses, y no lo abona. No abona la ausencia, la mentira, la excusa, es decir, todo de lo que se venían quejando los padres
Y ahí aparece el real de esa familia, que aquello que vinieran a que el profesional se haga cargo era de la perversión que alimentaban ellos

Así el sujeto con aspectos perversos "nunca tiene dinero a pesar de ganar bien", se pone mal cuando "a la novia a la cual siempre engaño ahora esta con otro", como si se le fuese la mami con un hombre adulto de verdad. Y esto, repito, aparece en todas las estructuras. Porque todos de alguna manera mantenemos aspectos infantiles de nuestra vida y personalidad, pero digamos que se contienen en el aspecto afectivo. 

Así aparece los aspectos perversos, cuando el sujeto no quiere pagar por lo propio.
Hay un momento donde cada uno no solo entiende lo que le cuesta a uno, sino lo que le cuesta al otro. 

Los más jóvenes intentan a toda costa de no perder sus "derechos perversos", es decir de recibir todo gratis.
Pero digamos por ejemplo que el sujeto intentan trucar sus aparatos para conseguir gratis las aplicaciones y juegos que dan trabajo y esfuerzo a muchas personas. Dicen que son "empresas" y creen, como si fuese una proyección, que los precios son "a capricho". En otro momento de la vida el sujeto, si puede, claro está, entiende que tiene que pagar, así como él cobra por su trabajo. 

¡Tantos comentarios perversos!...

Una vez decía un hombre, ya en su treintena, que las empresas que consiguen mejoras tecnológicas tendrían que dejar que los empleados se vayan antes y sigan cobrando lo mismo porque lo hace una maquina. Y sí, lo decía en serio. (Sin calcular que dichas máquinas tienen costes, mantenimiento, consumo, etc. Sólo pensaba en lo que a él le concernía) 

El pensamiento perverso produce eso, poner siempre la falta, el coste, en el otro, con cierta prepotencia de la infancia y capricho de defender "su derecho a que el otro pague por sus faltas". 

De ahí la fantasía en el capitalismo que "todo se compra". Pero no todo se compra, y ahí aparecen por un lado las fantasías como brujos y promesas absolutas, y por otras las frustraciones y aceptaciones de la realidad que tanto molestó. O, también, los ataques de ansiedad y de pánico cuando una realidad, largamente negada, toca la puerta. 

La cuestión es que ahí está el tema, en donde pretende poner la falta cada uno.

Sergio Alonso Ramírez

Psicólogo Psicoanalista

5 de mayo de 2017

Te odio por dejar de ocultar mi realidad



Ella le reclama, lo odia, se quiere vengar de él. Después de la separación está muy dolida. Pero no tanto por la separación como ella cree. Si no porque mientras estuvo con él ella "esperaba" que le llegue el estrellato, "no conseguía trabajo", iba al gym y a yoga y cada tanto hacía alguna cosita "de lo suyo". Mientras ella esperaba como un princesa a que se le diera el reino, él trabajaba 12 horas al día, de lunes a viernes, mantenía su existencia, la de ella y sus delirios de niña adorada.
El padre le dijo "si te vas a ser actriz no te mantengo más". Pues ella cambió de padre y listo. 
La cuerda, de tanta erosión, se cortó. Y ella ahora lo odia, pero lo hace porque ve que su trabajito para "colaborar" del fin de semana no sirve de nada, que ahora tiene que trabajar la semana entera, que no hay tiempo de ensayos, de yoga, de gym, sino que tiene que comer y pagarse el alquiler y que el peso de su existencia se calcula en la moneda corriente de su país. Ahora lo odia, como un adolescente odia a los padres cuando los invitan a ser realmente adultos.

Lo que ella tampoco sabe, es que ahora pone todo su rencor en una nueva forma de evadirse de su realidad, que siempre fue la misma, pero ahora lo responsabiliza a él. Ahora él es el causante de tantas desgracias, él es el que ha producido su falta... En realidad ella siempre puso todo en él y no lo sabe. Los litigios legales que les esperan estarán sustentados ni menos que en la no asunción de sus faltas, que ahora tiene que hacerse cargo de todas, de las de ahora y de las adeudadas en su vida. 

Y mientras siga reclamando lo propio a lo ajeno, se seguirá quedando sin nada... O al menos con la ilusión de que hay un Otro que es responsable de ella y evitarse el dolor de saber que ya no es así. 

Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista

1 de marzo de 2017

Los tres tiempos del edipo

Fuente:  https://bernaltieneunblog.wordpress.com/2011/11/04/320-los-tres-tiempos-del-edipo-lacaniano/


El Edipo lacaniano se divide en tres tiempos; son tiempos lógicos, no cronológicos, que nos ayudan a pensar la clínica y la constitución del sujeto. 

En el primer tiempo del Edipo, el niño desea ser el objeto de deseo de la madre. ¿Qué desea la madre? La respuesta es: el falo. Ella siente su incompletud, su falta, su castración en la medida en que le falta el falo. Esto es lo que hace que la mujer que desea ser madre busque un hijo que la haría sentirse completa; ella simboliza el falo en el hijo inconscientemente, es decir, produce la ecuación niño = falo. El niño, a su vez, se identifica con aquello que la madre desea, se identifica al falo; él es el falo para la madre y la madre pasa a ser una madre fálica, completa, a la que no le falta nada. En este primer tiempo del Edipo está en juego lo que Lacan denomina la tríada imaginaria: el niño, la madre y el falo; el falo cumple aquí con su función imaginaria: crearle la ilusión al sujeto de que está completo. La madre se siente plena, realizada, completa con su posesión (Bleichmar, 1980).

En el segundo tiempo del Edipo, interviene el padre, pero más que el padre, interviene la función paterna. El padre, o la persona que cumpla con su función, interviene privando al niño del objeto de su deseo -la madre-, y privando a la madre del objeto fálico -el niño-. El niño, entonces, gracias a la intervención del padre, deja de ser el falo para la madre, y la madre deja de ser fálica. Ésto último es lo más importante de este segundo tiempo: que la madre deje de sentirse completa con su posesión, que se muestre en falta, deseando, más allá de su hijo, a su esposo, o alguna otra cosa, es decir, que ella se muestre en falta, castrada, deseante. Si esto no sucede, el niño  queda ubicado como dependiente del deseo de la madre, y la madre se conserva como madre fálica (Bleichmar, 1980). Si esto sucede, el niño puede llegar a ser un perverso, ya que, como lo indica Lacan, todo el problema de las perversiones de un sujeto consiste en concebir cómo un niño se identifica con el objeto de deseo de la madre, es decir, el falo. Cuando el niño “es” el falo de la madre y la madre permanece siendo fálica, esto nos va a dar la perversión.
La pérdida de la identificación del niño con el valor fálico es lo que se denomina castración simbólica; él deja de ser el falo y la madre deja de ser fálica, ella también está castrada; es decir que la función paterna consiste en separar a la madre del niño y viceversa. Es por esto que se dice que el padre, en este segundo tiempo, aparece como padre interdictor, como padre prohibidor, en la medida en que le prohíbe al niño acostarse con su madre, y le prohíbe a la madre reincorporar su producto (Bleichmar, 1980). Él entonces tiene como función transmitir una ley que regule los intercambios entre el niño y su madre; esa ley no es otra que la ley de prohibición del incesto, ley que funda la cultura y regula los intercambios sociales.

En el tercer tiempo del Edipo, producida la castración simbólica e instaurada la ley de prohibición del incesto, el niño deja de ser el falo, la madre no es fálica y el padre… ¡tampoco!, es decir, el padre no “es” la ley -lo cual lo hace parecer completo, fálico-, sino que la representa -padre simbólico-. En este tercer tiempo del Edipo se necesita de un padre que represente a la ley, no que lo sea, es decir, se necesita de un padre que reconozca que él también está sometido a la ley y que, por tanto, también está en falta, castrado. En este tercer tiempo del Edipo, el falo y la ley quedan instaurados como instancias que están más allá de cualquier personaje (Bleichmar, 1980); ni el niño, ni la madre ni el padre “son” el falo; el falo queda entonces instaurado en la cultura como falo simbólico. El Edipo, por tanto, es el paso del “ser” al “tener” -en el caso del niño-, o “no tener” -en el caso de la niña-.




Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista
psicosujeto psicoanalista Sergio Alonso Ramirez Madrid centro La Latina Ruben Dario Argentino psicólogo psicologo análisis analista psicología psicoanálisis ayuda angustia depresión amor tristeza felicidad Obsesiones consultorio consulta psicológica psiconalítica Trastorno por déficit de atención e hiperactividad, depresión, terapia de pareja, TOC trastono obsesivo compulsivo, histeria, trastorno por conversión, ataque de pánico ansiedad, miedo, fobia, sexualidad, afecciones físicas con implicancia psicológica capital La Latina bruxismo, dolores 28005 atención on line online www.psicosujeto.com. Buen Bueno