"Hay algo que debéis entender de mi forma de trabajar. Cuando me necesitáis y no me queréis, debo quedarme. Cuando me queréis, pero ya no me necesitáis, debo irme... Es un poco triste, pero es así"- película: La niñera mágica.

(Sin embargo, a pesar de mi ausencia física, me tendréis allí donde me necesiten)


10 de abril de 2018

El perverso que nos habita...

La palabra perverso en psicoanálisis no tiene le mismo significado que el que se le puede dar socialmente. Responde a una forma que se debate si es estructural o no y que aquí hoy intento describir o develar de alguna manera: 


El perverso se queda atrapado en la posición infantil. A lo largo de la vida tenemos que ir dejando los aspectos perversos de nuestras vidas para ir madurando. Pero... ¿Todo el mundo lo hace?

Quizás tengamos que plantearnos qué es el perverso. Es algo que por algún motivo se suele explicar de forma sumamente compleja y quizás hayan maneras de poder abordarlo diferente. 

El niño es un perverso. Es decir, está dominado por el principio de placer, quiere satisfacer todo aquello que se le ocurre. Ahí está el mundo exterior, la cultura y la familia como filtro de la misma que le van enseñando como dominar sus pulsiones, o domarlas para que sigan un curso cultural. Sin embargo, mientras tanto, el niño se le da todo "gratis", su mera existencia es motivo de pago por aquello que recibe. Comida, cariño, cobijo, dinero, regalos, ropa, todo le es dado por ser bueno (o simplemente ser). Por supuesto que nada es gratis y a cambio deberá ir adaptándose al mundo exterior. Poco a poco tendrá que ir renunciando al mundo de la satisfacción inmediata a cambio de la adaptación a su medio (cultura), aquello que se llamo principio de realidad. Que hay cosas que tenemos que posponer para poder obtener un resultado a largo plazo. 
Lo cierto es que todos venimos de ese lugar donde era necesario y constitutivo el recibir y no tener que pagar. 

Quizás algunos ya tengan varias ideas a partir de esto poco que he dicho sobre muchos adultos. 
Algunos se quedan estructurados como perversos. A pesar de ciertas adaptaciones, para ser más o menos sociales, su principio es obtener todo del otro sin dar nada a cambio o muy poco. Se quedan en la posición psíquica dónde el otro tiene que darle, gratis, aquello que necesita. Es "su derecho", dicen a los gritos, cuando a la hora de las obligaciones suelen ser muy silenciosos. Otros no son tan discretos y roban, violan, le quitan al otro en pos de su satisfacción. No hacen el pago o trueque por lo que reciben del otro. Quieren frutos de los árboles que no han regado ni cuidado, y satisfacerse dejando desiertos. Total... otros vendrán a arreglarlo. Se saltan aquello que llamamos castración que nos deja una falta. La separación con ese otro que nos nutre y nos deja en falta de aquello que se recibía. Lo cual genera que el sujeto tenga que ir a buscarlo al mundo. Ahora, el tema, será si lo irá a buscar con las normas del mundo que lo circunda o se las saltará e intentará que el mundo sea como esos padres nutrientes que se sentían pagados con su existencia.

Pero la perversión no siempre es tan evidente, porque un sujeto no se define solamente por ser o no ser perverso. Todos tienen aspectos perversos en mayor o menor medida. En todas las estructuras están los anhelos infantiles (perversos) de satisfacerse a costa del otro. Como cuando el bebé, toma toda la leche sin agradecer, solo satisfacer su necesidad. Obviamente no agradece, como los niños, sólo con el tiempo lo aprenden y algunos con los años lo entienden. 

La perversión se puede ver en gente muy buena, "buenita" e incluso inocente. Les encanta las frases "la intención es lo que vale"... Claro, cuando lo que uno da no sirve vale la intención, pero cuando uno tiene que recibir... ¿Vale la intención? Digo... ¿Vale la intención de intentar alimentar a un hijo, o vale el hacerlo bien? ¿Vale el intentar trabajar bien o el hacerlo bien? Digamos cuando uno no es responsable de las consecuencias la intención es suficiente y dulce, pero cuando hay que tener resultados es necesaria la madurez y responsabilidad. 

El perverso ahora es un producto común en la sociedad actual. El mensaje, como ya mucho decimos los analistas, es "Tú lo vales por tu mera existencia", "Te lo mereces", "Pide y se te dará", "haz un acto mágico y lo obtendrás". Todos mensajes perversos, infantiles, que eran cierto cuando éramos pequeños, que podemos anhelar pero sabemos que en la adultez no. De alguna manera, también como forma comercial y de marketing, se le vende al sujeto la magia... la magia de la vuelta a la infancia. El sujeto en posición perversa quiere que el otro pague por sus faltas. Por eso muchas veces son en extremo simpáticos, o defienden sus derechos (no sus obligaciones), o simplemente no se preocupan, porque en el fondo saben que siempre es el otro quien lo hará. Aparecen con formas de victimismos, o con la que cada uno encuentra, siempre para que el otro se haga cargo y no la propia persona. 

El perverso cree que su necesidad es suficiente para que se le dé y de hecho así lo reclama. Y conste que suele llamar a la "manutención" como "ayuda". No quieren que se les de una mano para que se levanten sino que uno se agache para que no se molesten. Siempre están listos para huir con el botín, pensando que están en su derecho y que el mundo es injusto (y ellos por supuesto que no) o para acusar con el dedo al otro, pero no plantearse sobre uno. 

Pero no hablo del perverso "puro" o de estructura, hablo de los aspectos perversos que lleva todo el mundo dentro, algunos más arraigados y otros no. 

El otro día me presentan un caso de un adolescente, que, obviamente cuando se ponen las cosas serias en el colegio no responde. No presenta problemas cognitivos, sino más bien "motivacionales" (vamos, que vagueaba todo el rato y así lo confesaba). Luego de escucharlo, obviamente estaba en posición perversa. Padres separados, una madre que había alimentado la perversión pero a la vez que se había ausentado como madre y presentado demasiado como obstáculo, en especial con la relación con un padre que de alguna manera quedaba opacado en la relación con su hijo. Digamos que esos hombres quedaban devorados o anulados por esta mujer. Sin embargo la revelación aparece por diferentes lugares. Y cuando el adolescente de 19 años falta a su sesión, porque "le dolía la cabeza" (cosa que decía cuando no quería ir al colegio o se olvidaba de hacer algo), y avisa 3 minutos luego de que había comenzado su turno y lo sabía desde la mañana, le informo que como ya sabía, lo tenía que abonar, porque estaba pagando por reservar mi tiempo. Lo interesante es que luego no viene porque le tocaba pagar a la madre y no lo hacía. El chico sabe de su deuda. Se lo informo al padre ya que eran los que pagaban. Y aquí aparece la perversión del chico. Se lo llevan de vacaciones dos meses, y no lo abona. No abona la ausencia, la mentira, la excusa, es decir, todo de lo que se venían quejando los padres
Y ahí aparece el real de esa familia, que aquello que vinieran a que el profesional se haga cargo era de la perversión que alimentaban ellos

Así el sujeto con aspectos perversos "nunca tiene dinero a pesar de ganar bien", se pone mal cuando "a la novia a la cual siempre engaño ahora esta con otro", como si se le fuese la mami con un hombre adulto de verdad. Y esto, repito, aparece en todas las estructuras. Porque todos de alguna manera mantenemos aspectos infantiles de nuestra vida y personalidad, pero digamos que se contienen en el aspecto afectivo. 

Así aparece los aspectos perversos, cuando el sujeto no quiere pagar por lo propio.
Hay un momento donde cada uno no solo entiende lo que le cuesta a uno, sino lo que le cuesta al otro. 

Los más jóvenes intentan a toda costa de no perder sus "derechos perversos", es decir de recibir todo gratis.
Pero digamos por ejemplo que el sujeto intentan trucar sus aparatos para conseguir gratis las aplicaciones y juegos que dan trabajo y esfuerzo a muchas personas. Dicen que son "empresas" y creen, como si fuese una proyección, que los precios son "a capricho". En otro momento de la vida el sujeto, si puede, claro está, entiende que tiene que pagar, así como él cobra por su trabajo. 

¡Tantos comentarios perversos!...

Una vez decía un hombre, ya en su treintena, que las empresas que consiguen mejoras tecnológicas tendrían que dejar que los empleados se vayan antes y sigan cobrando lo mismo porque lo hace una maquina. Y sí, lo decía en serio. (Sin calcular que dichas máquinas tienen costes, mantenimiento, consumo, etc. Sólo pensaba en lo que a él le concernía) 

El pensamiento perverso produce eso, poner siempre la falta, el coste, en el otro, con cierta prepotencia de la infancia y capricho de defender "su derecho a que el otro pague por sus faltas". 

De ahí la fantasía en el capitalismo que "todo se compra". Pero no todo se compra, y ahí aparecen por un lado las fantasías como brujos y promesas absolutas, y por otras las frustraciones y aceptaciones de la realidad que tanto molestó. O, también, los ataques de ansiedad y de pánico cuando una realidad, largamente negada, toca la puerta. 

La cuestión es que ahí está el tema, en donde pretende poner la falta cada uno.

Sergio Alonso Ramírez

Psicólogo Psicoanalista

5 de mayo de 2017

Te odio por dejar de ocultar mi realidad



Ella le reclama, lo odia, se quiere vengar de él. Después de la separación está muy dolida. Pero no tanto por la separación como ella cree. Si no porque mientras estuvo con él ella "esperaba" que le llegue el estrellato, "no conseguía trabajo", iba al gym y a yoga y cada tanto hacía alguna cosita "de lo suyo". Mientras ella esperaba como un princesa a que se le diera el reino, él trabajaba 12 horas al día, de lunes a viernes, mantenía su existencia, la de ella y sus delirios de niña adorada.
El padre le dijo "si te vas a ser actriz no te mantengo más". Pues ella cambió de padre y listo. 
La cuerda, de tanta erosión, se cortó. Y ella ahora lo odia, pero lo hace porque ve que su trabajito para "colaborar" del fin de semana no sirve de nada, que ahora tiene que trabajar la semana entera, que no hay tiempo de ensayos, de yoga, de gym, sino que tiene que comer y pagarse el alquiler y que el peso de su existencia se calcula en la moneda corriente de su país. Ahora lo odia, como un adolescente odia a los padres cuando los invitan a ser realmente adultos.

Lo que ella tampoco sabe, es que ahora pone todo su rencor en una nueva forma de evadirse de su realidad, que siempre fue la misma, pero ahora lo responsabiliza a él. Ahora él es el causante de tantas desgracias, él es el que ha producido su falta... En realidad ella siempre puso todo en él y no lo sabe. Los litigios legales que les esperan estarán sustentados ni menos que en la no asunción de sus faltas, que ahora tiene que hacerse cargo de todas, de las de ahora y de las adeudadas en su vida. 

Y mientras siga reclamando lo propio a lo ajeno, se seguirá quedando sin nada... O al menos con la ilusión de que hay un Otro que es responsable de ella y evitarse el dolor de saber que ya no es así. 

Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista

1 de marzo de 2017

Los tres tiempos del edipo

Fuente:  https://bernaltieneunblog.wordpress.com/2011/11/04/320-los-tres-tiempos-del-edipo-lacaniano/


El Edipo lacaniano se divide en tres tiempos; son tiempos lógicos, no cronológicos, que nos ayudan a pensar la clínica y la constitución del sujeto. 

En el primer tiempo del Edipo, el niño desea ser el objeto de deseo de la madre. ¿Qué desea la madre? La respuesta es: el falo. Ella siente su incompletud, su falta, su castración en la medida en que le falta el falo. Esto es lo que hace que la mujer que desea ser madre busque un hijo que la haría sentirse completa; ella simboliza el falo en el hijo inconscientemente, es decir, produce la ecuación niño = falo. El niño, a su vez, se identifica con aquello que la madre desea, se identifica al falo; él es el falo para la madre y la madre pasa a ser una madre fálica, completa, a la que no le falta nada. En este primer tiempo del Edipo está en juego lo que Lacan denomina la tríada imaginaria: el niño, la madre y el falo; el falo cumple aquí con su función imaginaria: crearle la ilusión al sujeto de que está completo. La madre se siente plena, realizada, completa con su posesión (Bleichmar, 1980).

En el segundo tiempo del Edipo, interviene el padre, pero más que el padre, interviene la función paterna. El padre, o la persona que cumpla con su función, interviene privando al niño del objeto de su deseo -la madre-, y privando a la madre del objeto fálico -el niño-. El niño, entonces, gracias a la intervención del padre, deja de ser el falo para la madre, y la madre deja de ser fálica. Ésto último es lo más importante de este segundo tiempo: que la madre deje de sentirse completa con su posesión, que se muestre en falta, deseando, más allá de su hijo, a su esposo, o alguna otra cosa, es decir, que ella se muestre en falta, castrada, deseante. Si esto no sucede, el niño  queda ubicado como dependiente del deseo de la madre, y la madre se conserva como madre fálica (Bleichmar, 1980). Si esto sucede, el niño puede llegar a ser un perverso, ya que, como lo indica Lacan, todo el problema de las perversiones de un sujeto consiste en concebir cómo un niño se identifica con el objeto de deseo de la madre, es decir, el falo. Cuando el niño “es” el falo de la madre y la madre permanece siendo fálica, esto nos va a dar la perversión.
La pérdida de la identificación del niño con el valor fálico es lo que se denomina castración simbólica; él deja de ser el falo y la madre deja de ser fálica, ella también está castrada; es decir que la función paterna consiste en separar a la madre del niño y viceversa. Es por esto que se dice que el padre, en este segundo tiempo, aparece como padre interdictor, como padre prohibidor, en la medida en que le prohíbe al niño acostarse con su madre, y le prohíbe a la madre reincorporar su producto (Bleichmar, 1980). Él entonces tiene como función transmitir una ley que regule los intercambios entre el niño y su madre; esa ley no es otra que la ley de prohibición del incesto, ley que funda la cultura y regula los intercambios sociales.

En el tercer tiempo del Edipo, producida la castración simbólica e instaurada la ley de prohibición del incesto, el niño deja de ser el falo, la madre no es fálica y el padre… ¡tampoco!, es decir, el padre no “es” la ley -lo cual lo hace parecer completo, fálico-, sino que la representa -padre simbólico-. En este tercer tiempo del Edipo se necesita de un padre que represente a la ley, no que lo sea, es decir, se necesita de un padre que reconozca que él también está sometido a la ley y que, por tanto, también está en falta, castrado. En este tercer tiempo del Edipo, el falo y la ley quedan instaurados como instancias que están más allá de cualquier personaje (Bleichmar, 1980); ni el niño, ni la madre ni el padre “son” el falo; el falo queda entonces instaurado en la cultura como falo simbólico. El Edipo, por tanto, es el paso del “ser” al “tener” -en el caso del niño-, o “no tener” -en el caso de la niña-.




Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista

20 de febrero de 2017

Los positivos, los odiadores y los delirios sociales




Diferentes analistas encuentran que lo que se ve en los consultorios hoy en día no es tanto la histeria y la obsesión, sino las misma pero con nuevos formatos, más precisamente de boderline (trastorno límite de la personalidad). 
Pero no como un boderline excesivamente grave sino más bien como estructuras que colindan entre lo psicótico y otra estructura del tipo neurótica. Pero el aspecto delirante que se aproxima a lo psicótico es más bien un discurso social que facilita que el sujeto entre a vivir una especie de irrealidad absurda y descontextualizada donde realmente pretende creer en una vida sin falta y que todo se puede incorporar desde fuera. El sujeto se entrega como un tributo al otro, se convierte es un objeto de consumo, es mirado, tocado, observado y, según parece, es la única oferta que se le da, especialmente a los jóvenes. La realidad es de color rosa o celeste y los unicornios son casi existentes. La vida es como estos programas americanos donde todos tienen blanqueados los dientes, cada palabra esta medida, incluso en los supuestos realities de diferentes tipos. Es más, tan evidentes son que todos hacen lo mismo. No hay ninguno que les baje los dientes a trompadas, les prenda fuego la casa que no les gusto, les diga que es una mierda y como lo van a compensar, etc. Es todo una realidad “ideal”. 
Es como vivir en esas películas americanas de un pueblo de los años 70’s donde nada sucedía y todo era perfecto. A pesar que luego había drogas, racismo, machismo, injusticias, etc, etc. 

Esto nos da cuenta de sujetos que llegan muy angustiados, pero a su vez, perdidos en sus propios deseos y valores. 
Cuando en psicoanálisis hablamos de la caída del nombre del padre, es la caída de esa figura-función que da un soporte al sujeto y que luego le permite aferrarse a ciertas leyes, imágenes o guías que lo acompañan en su andar. Al caer dichas figuras el sujeto queda expuesto a un mundo con normas muy proyectivas como la compulsión a la incorporación, a la repetición de ideales impuestos, o al menos mostrados por autoridades comunicativas, y así intentar repetir, no sólo formas de vida sino obligarse a sentir de una manera particular. 

Porque aquí no se trata solo de que se nos muestren idioteces sino de que el sujeto estima que también debe mostrarse idiota, sentir de forma idiota, y ser, principalmente, infinitamente feliz, alegre, completo e... una vez más, idiota. 

Incluso lo veo en profesionales de la salud mental que suponen que nosotros, que transitamos las penurias del sujeto, los sufrimientos, los celos, odios, envidias, alegrías, amores, deseos de aniquilación, etc, tenemos que estar, como si fuésemos nuevos religiosos o animadores de hoteles, hablando de felicidad todo el tiempo. Entrando en estos bucles de “te muestro como ser feliz” o “como valer más”, y dan “técnicas de como manejar tal o cual trastorno”, “técnicas para ser más feliz con tu pareja” e “instrucciones” varias, ya que cada persona, pareja o grupo tiene sus peculiaridades, sus glorias, penas, cosas positivas y negativas. 
Parece, que incluso los profesionales, se hacen impermeables al sujeto de verdad y en pos de pensar que también van a ser consumidos, se convierten en aquello que el delirio social pide “una alegría infinita y motivadora”, que lo único que hace es darnos, más tarde,  trabajo a los que tratamos con la ansiedad.
Y no confundamos los conceptos. No es que no hayan muchas cuestiones alegres o positivas, pero cuando se niegan las cuestiones del sujeto, las entrañas, proponemos una forma de adicción a la negación. Presentamos que la sanidad es un sujeto que vive en una propaganda de colores saturados. 

Digamos que esta falta del nombre del padre, que es algo profundo y social, no sólo se expresa psiquicamente en falta de estructuración en el sujeto frente a la adversidad, sino también en la construcción del mundo sin faltas, y como mucho con pequeños detalles incómodos, pero no con cagadones atómicos que angustian de verdad. 
El otro día, en un programa, un chico decía que trabajaba con chicos con síndrome de down y la chica contesta, automáticamente, “que bien!!!! – con todo alegre y condescendiente – que lindo debe ser”... ¿Qué sabrá ella de esa labor? Pero cómo se dice que eso es de gente buena... ¿Y ella qué sabe si no lo hace por puro narcisismo para que le digan eso? ¿O que lo hace por culpa de odiar a su hermano down que le quito gran parte del afecto de la madre y padre?. En todo caso hay que decir que es algo “genial”. 
Yo siempre digo que un ejemplo de la diferencia  entre un psicólogo y un psicoanalista es que si alguien llega llorando a la consulta y dice que es fea/o, el psicólogo lo intentará convencer que no es así y el psicoanalista le preguntará: ¿Como es eso? Cuénteme. 
No hay un obturar aquello que trae, ni sofocarlo, sino ver de donde viene esta cuestión tan subjetiva, que se ha construido a través del Otro. 

Sin embargo, frente a esta tendencia social donde todo es super genial, especialmente en todas las redes sociales, aparecen otras corrientes muy interesantes, políticamente incorrectas pero que, a pesar de parecer los “delirantes” son los que traen un poco de contraste a esta “presión de cheerleader americana” (animadora) que se ejerce en la gente. 
Son los llamados Haters (odiadores), que justamente dicen todo lo prohibido, lo que no hay que decir, los que se animan a no mostrarse perfectos y aún así aguantar si no son “amados por parecer como se espera de ellos”.
Parece que el delirio en las redes sociales viene con su contrapuesto. A amantes de “seres de luz” y “que tengas un día radiante” aparece su contra cara que dice “puede que tu día sea una mierda, y te aguantes como todos”. 

Aunque parezca cruel, el aprender a joderse, es importante. Es aprender de la falta y que hay cosas que hay que aguantar, te gusten o no, pero “es lo que hay” (como dicen aquí en España). Es poder asumir la falta, es saberse no completo, es, a la vez, separarse de la mirada materna que ama a su hijo/a completo/a. Es poder entenderse como todos en falta y poder realmente ser más empático. También se trata de que cada sujeto a partir de sus faltas y de sus capacidades pueda construirse la vida más feliz posible, pero no, como se propone, negarla. 

Hasta parece un chiste, pero no se dan cuenta que cuando se muestran tan perfectos, tan idílicos, como en estos programas americanos donde todo es lujo, dinero e idiotez, hacen que mucha gente se lo crea y se sientan muy mal con sus vidas. Hay gente que realmente se cree todo ese discurso. Ahora imaginen qué pasa cuando eso se les cae. Ahí aparece el sujeto disociado de la realidad, uno que vive en un mundo que ni siquiera existe y que ahora la labor terapéutica es mas profunda aún. 

Recuerdo cuando nos enseñaban que luego de los programas “Dinastía” y “Dallas”, el ratio de robos en USA se disparó. El sujeto vio allí delante una realidad que no podía alcanzar, pero que podía intentar robar. 

Aquí les dejo un vídeo de una “Hater” que si no nos quedamos en aquello superfluo podemos escuchar que lo único que hace es expresar algo que le puede suceder y sentir a mucha gente pero que ahora no se dice porque “hay que ser positivo”. 




La negación no es una forma de vida, sino una forma sintomática de chocar con la realidad de cada uno.

Sergio Alonso Ramírez 
Psicólogo - Psicoanalista.

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