"Hay algo que debéis entender de mi forma de trabajar. Cuando me necesitáis y no me queréis, debo quedarme. Cuando me queréis, pero ya no me necesitáis, debo irme... Es un poco triste, pero es así"- película: La niñera mágica.

(Sin embargo, a pesar de mi ausencia física, me tendréis allí donde me necesiten)


17 de febrero de 2007

El Búho

Artista: Jorge Gomes Matheus


Ya al nacer intuía que algo fallaba, como que todo estaba demasiado cerca. Desde su huevo escuchaba mucho ruido. Al principio no entendía bien por qué. Dentro del cascarón, por el momento estaba cómodo, caliente y fuera del bullicio que llegaba a través de su refugio, no había nada que le molestara.

Pero como todo en la vida evoluciona, llegó el momento de romper el cascarón. Cuando salió vio los grandes ojos de mamá búho. No fue la única a la que que vio, sino también los de papá y los ocho hermanos. ¡Sí! ¡Ocho hermanos! Le había tocado nacer en una familia muy numerosa, no como las ramas del árbol en el que nació.
Evidentemente el espacio no era algo que sobrase. Con lo cual lo primero que sintió fue las miradas de todos los mayores. Veía a sus parientes como gigantes. Allí, desde las alturas lo observaban con los inmensos ojos.

Así fue transcurriendo la infancia de nuestro personaje. De pequeño veía como todos sus hermanos y padres se movían apretados en las ramas, pero siempre con más soltura que él. Por su parte, al ser el último de la cadena familiar, le tocó ir evitando los bruscos movimientos de sus hermanos mayores, que como eran más fuertes que él, se movían con más seguridad y a su vez tenía que cuidarse de no caer del árbol.

Un poco más abajo había una rama, todavía no era muy fuerte pero sí lo suficiente para un búho poco pesado. Por esto tampoco nadie la quería utilizar. Pero a nuestro búho no le quedo mucha opción que posarse en ella para poder estar más tranquilo.

Siguió creciendo y viendo a sus semejantes desde abajo. Se fue acostumbrando a sentir los ojos de los demás allí arriba, de alguna manera, amenazantes, superiores.

El tiempo fue pasando y el búho tomó como un hecho que todos sus parientes estarían siempre allí encima. Vio como todos aprendieron a volar antes, como se perfeccionaban y como lo miraban desde las alturas.

Lo que era claro era que, evidentemente, ellos pertenecían a una elite, que estaba ubicada más allá de su rama.

Pero también entendía que era un búho, y por más que no fuera el mejor de su especie tendría que comenzar a volar y buscar su propio nido.

Con esfuerzo, miedo, incertidumbre, y todos los sentimientos que atañen a todos los que enfrentan algo por primera vez, realizó el primer salto y comenzó a volar.

Su vuelo no era como el de su familia, él no se animaba a ir tan alto ni tan rápido. Cada tanto se estrellaba con las ramas, se enojaba con otros pájaros por estar a su paso y con todos los que se interponían en “su” camino.

Finalmente encontró una rama. Le gustó, no era muy alta, era cómoda, le hacía recordar a su casa. También desde ella veía a sus vecinos que vivían más arriba. Veía a las aves que volaban allí, por encima de la copa de los árboles, y pensaba que eran muy afortunadas, no como él...

Pronto en su nido hubo otro búho. Otro que se sentía tan cómodo como él a esa altura y en ese mismo árbol.

Pero nuestro búho no terminaba de sentirse feliz. Solía enfadarse mucho y sentirse angustiado. No entendía el motivo de su frustración. Pero cada vez que veía que otros “podían” vivir en ramas más altas, lograban volar rozando las nubes y no se estrellaban, se sentía estúpido, torpe e inútil.

Lo que peor le sentaba era ver que los otros pájaros del mismo árbol lo miraban desde arriba, volaban casi tan alto como sus congéneres. Y por esto, los quería y los odiaba. No entendía el por qué. No los conocía tanto para odiarlos. Y cada vez más se fijaba en los que volaban más alto, cada vez más miraba con frustración y fastidio a aquellos que, sin conocer, le decían cualquier cosa desde otro árbol. Inclusive con su propia pareja.

De alguna manera, y con el paso del tiempo, comenzó a no soportar las miradas de los demás, los comentarios y esas demostraciones tan arrogantes que hacían al volar tan alto. Aunque en ningún momento parecían estar dirigidas hacia él, así las sentía.

Un día apareció un personaje un tanto extraño. Algo que casi no había visto, un colibrí. Era raro, colorido, veloz y lento, con alas y sin alas, aparecía y desaparecía. Y éste tenía la capacidad de volar a su altura, más alto y hasta más bajo.

Le llamaba la atención, le sorprendía el hecho de que pudiera hacer todo esto. Este colibrí parecía estar un poco loco. Su personalidad era como sus cualidades. Estaba y no estaba, subía y bajaba, desaparecía y reaparecía velozmente. Pero lo bueno era que podía volar con él a su lado.

Claro, el colibrí era más ágil, él no chocaba, esquivaba fácilmente los árboles, ramas, y otros pájaros del bosque.

Sus sentimientos con su amigo colibrí eran contradictorios. Por momentos lo quería y admiraba, pero en cuanto se elevaba automáticamente se sentía inferior y por ende se enfurecía con su amiguito.

Un día, después de ver como el colibrí se desenvolvía, le dijo:

- "Mira, quiero aprender a volar como lo haces tú" –
- ¿Cómo lo hago yo? – preguntó el colibrí un poco desconcertado.
- Sí, tu puedes ir de aquí para allá sin problemas, subir, bajar, entenderte con las aves de las ramas de arriba y abajo – contestó el búho
- Claro que puedo, es mi naturaleza, si no lo pudiera hacer estaría muerto. Soy pequeño, si no tengo velocidad me comerían, y para poder escapar necesito tanto del los árboles para esquivar a los depredadores como del cielo raso para poder tomar toda la velocidad necesaria. Por otro lado, piensa que yo necesito bajar para alimentarme del néctar de las flores que están cerca del suelo, con lo cual me arriesgo aun más – explicaba mientras revoloteaba alrededor del búho y éste giraba su cabeza.
- "Pues eso es lo que quiero" – Afirmó el búho esperanzado y convencido que así obtendría una mejor vida
- "Pero ¿Por qué quieres vivir la vida de un colibrí si eres búho?" – dijo el colibrí intentando que su amigo tomara conciencia de su absurda petición.
- "Es que tú no lo entiendes. Mis hermanos son más grandes, mis padres también, ellos pueden volar mejor, moverse mejor y todo" – Contestó el búho frustrado.
- "Bueno, está bien, yo te enseñaré todo lo que yo puedo hacer. Pero para poder aprenderlo hay una sola condición y no se puede evitar" – Dijo el pequeño colibrí.
- "Bien. La condición que tienes que cumplir tiene que ver con tu familia" – comenzó a explicar el pequeño
- "¡No! ¡Con mi familia no te metas! Ellos son grandes, veloces, rapaces, tienen ojos penetrantes, pueden ser peligrosos" – Comenzó a gritar el búho, enojado, ofendido y exaltado.
- "Es que aún no te dije cual sería la prueba. Yo no iré a ver a tu familia. Iras tú" – y el pequeño pájaro hizo una pausa mientras veía como el búho comenzaba a quedarse petrificado – "La condición es que le cuentes a cada uno de tu familia que vas a hacer un curso de colibrí y debes contarme que es lo que te han respondido, así de sencillo" –
- "¿Por qué?" – Preguntó aún enojado el búho
- "Porque es mi condición" –

Así, pensando en todo lo que lograría hacer cuando obtuviera las habilidades, se fue para la casa de sus padres. Sin pensarlo se posó en la rama donde se había criado. Aquella que al igual que su actual rama estaba más abajo que la del resto. Sus hermanos ya no estaban, pero sus padres sí.

Fue entonces cuando el búho miró nuevamente para arriba y se encontró con la imagen de los grandes búhos que eran sus padres. Lo miraban con esos ojos grandes que siempre habían tenido y que tanto miedo causaban. Así empezó a explicarles:

- "Mamá, Papá… Voy a hacer un curso de colibrí" – Dijo adoptando una postura lo más segura posible.
- "¿¡Eh!? ¿Qué dices?" – Le gritaron al unísono
- "¡Ustedes siempre iguales! ¡Siempre cuestionando lo que quiero!" – Se largó a llorar el búho con frustración y odio.
- "¿¡Eh!? ¡¿Qué dices Niño?! Que no te escuchamos. ¿De qué hablas? ¿Qué te vas a llamar Mariví?¡ Si no te acercas un poco ¡no te entenderemos nunca! – Contestaron los dos ancianos y sordos búhos

El hijo se quedó atónito. Entendió que no sólo no era que no lo estaban desaprobando sino que no lo escuchaban. Pero él nunca había vuelto a pisar la rama donde su familia habitaba. Esa rama era de “ellos”. Pero si quería resolver sus problemas tendría que acercarse. Finalmente pegó el salto y llegó a la rama donde estaban los padres, un poco confuso y hasta temeroso. Esa rama “no le pertenecía”, según dictaba algo que sentía.

- "Que voy a hacer un curso de Colibrí" – Dijo esta vez más alto para que lo entendieran
- "Ah… ¿En serio? Mira que bien" – Dijo la madre - "¡Querido!" – Grito repentinamente, dando un susto al hijo que casi se cae – "Que el nene va a hacer un curso con Mariví" – Seguía gritando.
- "¿Quién es Mariví? ¿La novia?" – Preguntaba el padre sonriente
- "¡ C O L I B R I I I I I I ¡" - Gritó exasperado el búho
- "¡Qué bonito! Un curso de colibrí, te felicito hijo mío" – Le dijeron finalmente los padres.

En ese momento el búho se tranquilizó y empezó a ver a los padres. No eran más altos que él. De hecho eran más bajos. Su plumaje, visto de cerca era excesivamente parecido al suyo, nada más que las plumas de sus progenitores ya estaban ajadas y sus picos gastados. De golpe se dio cuenta que no eran tan grandes, sino que él se había acostumbrado a estar en la rama más baja.

Luego de quedarse admirado de ver como las cosas eran diferentes desde la misma rama en la que se posaban sus progenitores, entendió que su misión no había terminado. Le quedaba avisarles a los otros hermanos. Los padres le explicaron que 4 estaban en el bosque, en el árbol de al lado que era más alto. Otros dos que eran más aventureros y se fueron a vivir a la cima de las montañas boscosas, y los otros dos estaban atravesando el gran lago.
Fue entonces donde buscó en el árbol más próximo y grande para encontrarlos en alguna rama de abajo. Pero no, los padres le explicaron que desde las alturas podían ver y cazar mejor y en las mismas habitaban sus hermanos.

Nuevamente se encontró con otro inconveniente, volar casi hasta la copa de los árboles. Despegó e intentó tomar fuerzas para hacer esto que nunca había hecho, llegar hasta arriba. Pero era eso o seguir con todo lo que le estaba sucediendo. En fin… Ya había subido una rama, pero subir a la copa del árbol más grande no era lo mismo. Finalmente tomó impulso y llegó antes de lo esperado. De hecho casi choca con los hermanos ya que nunca había experimentado todo esto.
Cuando aterrizó buscó una rama más baja, pero después de lo sucedido con sus padres decidió estar en la misma que los hermanos. Lo que le había pasado antes le volvió a suceder. Se encontró que los hermanos eran igual de altos que él, y de hecho… ¡ESTABA EN LA MISMA RAMA QUE ELLOS EN LA COPA DE UN ARBOL!

Así fue como le explicó a los hermanos sobre su curso de colibrí. Estos lo miraron un poco escépticos ya que no era posible, pero lo dejaron a su libre albedrío. Bastante sorprendidos estaban con que el hermano nunca se había animado a subir la rama volando y llegará hasta allí. Le desearon suerte y le explicaron cómo llegar al árbol del hermano de las montañas.

El único problema con el cual se encontró era el simple hecho que la montaña quedaba muy lejos. Pero bueno... tomó fuerzas y comenzó su viaje. Sin embargo después de que pasase todo un día y toda la noche se encontró exhausto y hambriento. Tuvo que detenerse para descansar, dormir y recuperar energía. Esa zona del bosque era mucho más tupida de la que donde solía vivir y no era tan fácil conseguir un bocado. Tenía mucho hambre y sabía que si no se alimentaba pronto no cumpliría su misión. El único lugar donde vio que podría conseguir algún alimento era en un claro muy amplio que había allí adelante y que era un camino casi obligado para sus presas. Pero claro… para poder ver bien tendría que estar en la copa de un árbol y, peor aún, comenzar a volar en cielo abierto para poder tomar el impulso necesario para atrapar a su presa antes que se escabullera entre la maleza. No se sentía seguro, tenía ganas de volver atrás y seguir con su vida, pero ya estaba a mitad de camino.
Finalmente el hambre le hizo tomar las fuerzas que le faltaban, detectó a su presa, se elevó por los aires, sintió las corrientes de aire que le ayudaban a desplazarse y a tomar fuerza. Estaba emocionado, nunca había tenido semejante vista, y por cierto, podía ver muy bien a su futuro alimento. El estómago le anuncio que debía concentrarse en abastecerse de energías. Descendió y cazó a su presa como nunca lo había hecho.
Luego de disfrutar de su comida, se elevó nuevamente por los aires. Pero ya no entre los árboles, sino sobre ellos.
Sintió la velocidad en su cuerpo, el viento rozar sus alas, ya no había troncos, ni ramas ni otros animales que le impidieran volar con soltura. Así tomo velocidad y llegó a la montaña. Allí encima, donde parecía que se veía todo.

Nunca en su vida había tenido la posibilidad de ver más allá de los árboles que obstaculizaban su perspectiva, quizás por eso se dedicaba a ver las ramas de los que estaban en las partes superiores del árbol. Pero nuestro amigo no lo vivía desde la razón, simplemente lo experimentaba a través de la sensación de plenitud que da mirar desde la cima de la montaña todo el bosque y sus congéneres viviendo los cielos como una danza armónica.
Finalmente llegó a la casa de sus otros dos hermanos. La vista era excepcional. Ya no se sorprendió de descubrir que tenían el mismo tamaño, tampoco que vivían en la cima de un árbol, ni que estaba emplazado en las alturas de la montaña. Simplemente sentía una sensación infinita de libertad.
Les comentó a los hermanos su proyecto. Estos no le dijeron mucho. Desde las alturas entendían que no hay mejor libertad que seguir lo que uno sentía. Y si su hermano estaba allí, el mismo que antes “no podía”, sería porque estaba siguiendo un camino que lo estaba haciendo encontrar con algo diferente en su vida.
- "Los otros dos hermanos están allí, ¿ves? Donde el lago inmenso y cristalino. Lo llamamos el cielo. Sus aguas son espectacularmente cristalinas, y parece que se vuela entre dos firmamentos en vez de un lago. Para llegar más rápido sigue tu camino por las cima de esta montaña, desciende por la ladera y los encontrarás allí" –

Así lo hizo. Esa parte del viaje fue donde ya no pensó, ni temió, ni se planteó ya nada más. Sólo quedó hipnotizado por las sensaciones de paz e inmensidad que le daba la cima de la montaña y los parajes que jamás en su vida había visto. Todo aquello era como sí le hablase  y transmitiese sensaciones de plenitud y naturaleza interior. Así, cuando localizó con su vista privilegiada a sus hermanos en un árbol, se lanzó en picado a una velocidad vertiginosa y se detuvo de golpe, justo para aterrizar frente a sus hermanos.

Los mismos estaban completamente atónitos. Habían visto a un ave de su especie acercarse y volar con gracia, pero justamente por eso no lo podían reconocer como si se tratara de su hermano. En silencio lo miraron, con sus grandes ojos. Ojos, que por cierto, no lo tranquilizaban mucho. Pero tampoco le llegaba a afectar porque su corazón estaba en los vientos, en los paisajes y en todo lo que estaba viviendo. Finalmente les comentó su intención de aprender a volar como un colibrí. Los hermanos se miraron un poco atónitos no entendiendo para qué quería eso después de haber visto cómo podía volar. De todos modos le dieron sus felicitaciones por intentar mejorar sus técnicas de vuelo. Esto último no lo entendió ya que él no entendía que tuviera muchas técnicas ni nada de todo eso. Pero los hermanos habían vivido mucho, y se les ocurrió recomendarle algo. Y así le dijeron:

- "Mira, déjame que te de un consejo para volver a casa. El camino más corto es recorriendo este lago, es la forma más directa de llegar. Y cuando te encuentres sobrevolándolo no te olvides de acercarte a la superficie, verás que es una experiencia sorprendente y agradable – Recomendó su hermana.

De esta manera se despidió de sus hermanos y retomó el camino a casa. Primero se elevó lo más alto que pudo y vio el amanecer con sus colores anaranjados y por primera vez admiró como el bosque tomaba todas sus tonalidades plenas y magníficas. Y así siguió su viaje. Hasta que el sol llegó al punto donde el gran lago que estaba debajo de él comenzó a parecer un espectacular cielo. Desde la altura vio a otro búho, uno espléndido, grande y que parecía estar en armonía con todo. Comenzó a descender al mismo momento que el otro ascendía.
Hasta que a pocos metros, descubrió que como su familia, este búho tenía unos ojos grandes, severos. Se miraron. Por un momento se sintió intimidado por esa mirada que había vivido toda su vida, tanto en su familia como en el bosque, cuando veía a las otras aves volar más allá, cuando estaban en ramas más altas.
Decidió acercarse lentamente para poder admirar a esta ave, hasta que finalmente se encontró que se trataba de alguien a quien parecía no haber conocido de esa manera, se encontró con que estaba viendo a su propio reflejo. Voló durante algunas horas viéndose, observándose, y comprendiendo que tenía los mismos ojos que su familia, las mismas alas, las mismas capacidades.
Así, emocionado, conmocionado y viéndose reflejado en el lago, se dio cuenta que no necesitaba volar como los demás, sino como lo que él era, un búho.


Sergio Alonso Ramirez
Psicólogo Psicoanalista



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