"Hay algo que debéis entender de mi forma de trabajar. Cuando me necesitáis y no me queréis, debo quedarme. Cuando me queréis, pero ya no me necesitáis, debo irme... Es un poco triste, pero es así"- película: La niñera mágica.

(Sin embargo, a pesar de mi ausencia física, me tendréis allí donde me necesiten)


20 de julio de 2007

Jurásico – Entre Dinosaurios y Lagartijas - Los Pequeños grandes miedos


En la terapia suelen haber diferentes momentos. Pero hay algunos que se podrían llegar a definir como primordiales.
En el primer momento las personas llegan con “algo” que les molesta. No saben que es. Como si se tratase de un temblor que no se sabe de dónde viene.
Durante un buen tiempo se van viendo los temblores, las intensidades y los momentos en los que surgen.
Pero llega una hora donde la persona después de ver que hacia delante y los costados no hay nada, le toca ver hacia atrás.
Al principio es puramente descriptivo, como si se tratase de una divinidad de la cual no se puede hablar abiertamente. Cuentan que tiene escamas, uñas, dientes. Pero no van más allá.
Es como si se supieran que se trata de algo monstruoso que debe permanecer en el anonimato, tanto para la supervivencia de la propia persona como la del monstruo.
Si el pánico es muy grande la persona volverá automáticamente la cabeza hacia delante, o huirá intentando convencerse de que los temblores se deben a pequeños sismos que si bien le molestan horrorosamente, puede aguantarlos de todas maneras y que aquello que logró atisbar detrás suyo era producto de su fructífera imaginación.
Pero otros no. Se animan a volver nuevamente su cabeza y finalmente, luego de una exhaustiva exploración, se dan cuenta, con asombro, que lo que tienen detrás no es ni más ni menos que un Dinosaurio.
El asombro, y a veces pánico, acuden como reacción prácticamente lógica. No pueden comprender como sólo veían las escamas, las uñas y no veían al Dinosaurio entero. Allí está, gigante, amenazante y lo peor de todo que durante toda la vida lo venía acompañando.
En esta etapa empieza a comprender porqué se tambaleaba el suelo, porque sentía ese aliento fuerte en la nuca y no sabía de dónde provenía. Porque cuando temblaba la tierra tenía tanto terror. Y porque… a más huía, más temblores se sucedían.
El dinosaurio, cual mascota fiel, no lo deja ni a sol ni a sombra. Si él corre, el dinosaurio también, si tiene miedo, aparece con sus fauces y le despide su aliento. Si se siente solo, el dinosaurio lo acaricia con sus garras y lo deja aun más lastimado.
La sorpresa es tan grande y temible, que la persona queda estupefacta. Comienza a comprender tantas cosas… Ahora sabe porque la gente que lo miraba de frente huía. Los demás sí lo veían. Él sólo lo sentía, pero a la vez lo ignoraba.
El mundo ahora ya es diferente. Las cosas y reacciones que no entendía de sí mismo y de los demás, tienen sentido. Pero sigue habiendo un problema. El dinosaurio sigue ahí detrás. Como un estigma que no se puede borrar. Como un tatuaje que alguien le hizo y que ahora cuesta mucho quitar.
Sin embargo, no todo es tan real como parece. La persona sigue su proceso de comprensión y primero se entiende a sí misma. Es difícil, porque aún tiene semejante bestia en sus espaldas.
Con lo cual la compresión si bien lo deja más tranquilo, a la vez le genera rencor hacia ese monstruo que por algún motivo que todavía desconoce lo persigue y acosa.
Hasta que un día, más tranquilo, comprensivo y acompañado, decide frenar. Toma aire, aterrorizado, pero de la mano de alguien y decide darse vuelta.
Lo mira y finalmente, le pregunta:
¿Quién eres?
¿Qué te pasa?
¿Qué haces ahí?
¿De dónde has llegado?
¿Por qué me sigues?
La charla comienza y lo va conociendo. Aún le teme, es gigante y tiene el poder de lastimarlo ante el primer movimiento. Pero también llega el momento en que se da cuenta que ese dinosaurio se parece mucho a algo que conoció hace tiempo.
Hacía mucho, pero mucho tiempo, cuando era pequeño, vio una lagartija pequeñísima. Le asustó mucho. En aquella época era muy pequeño para comprender el motivo de porque estaba ahí y ante el desconcierto tuvo pánico. Pero sí sabía que entre su miedo y su tamaño, esa lagartija era como un dinosaurio gigante, amenazante y peligroso del cual tenía que escapar sin remedio. Y recuerda que su única salida fue salir corriendo y no volver la vista atrás. No quería volver a saber nada con semejante monstruo. Pero ese monstruo que parecía tan temible y feroz, era parte de su vida. Y como tal lo siguió siempre como él lo había “olvidado-recordado”.
Hoy, frente a él, se dio cuenta que no es más que una lagartija, y que si lo seguía era porque lo necesitaba, lo quería, pero al niño, lo asustaba.
Así, como un acto de magia, el dinosaurio se volvió a transformar en la lagartija que siempre había sido y lo que fue un terror persecutorio ahora se convirtió en una compañía que necesitaba el hombre.
El fuerte fue débil y el débil fue fuerte.

Sergio Alonso Ramirez
Psicólogo Psicoanalista




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