"Hay algo que debéis entender de mi forma de trabajar. Cuando me necesitáis y no me queréis, debo quedarme. Cuando me queréis, pero ya no me necesitáis, debo irme... Es un poco triste, pero es así"- película: La niñera mágica.

(Sin embargo, a pesar de mi ausencia física, me tendréis allí donde me necesiten)


http://psicosujeto1.blogspot.com.es/
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25 de abril de 2020

El hombre que crecía... recordemos este cuento



A veces estos cuentos, en algún momento de la vida, cobran un significado muy peculiar. Uno puede cuestionarse cuando el otro puede escuchar, y muchas veces, puede hacerlo en un momento peculiar, como aquí les relato en este cuento.

Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista

16 de octubre de 2019

El Águila, el Pez y el Caballo

La semana pasada apareció una metáfora que voló como un pájaro entre diferentes pacientes y me parece que quizás el compartirla aquí le sirva a alguien:

El águila vuela por los aires, el pez nada en el rio y el caballo galopa en el prado. 
No le podemos pedir al águila que nade ni al pez que galope ni al caballo que vuele. Simplemente morirían por no estar en su elemento. De esto se desprende que muchas veces nos pasamos años e incluso vidas enteras no aceptando que el otro es un águila, un pez o caballo. Y le pedimos al águila que se meta en el agua o al pez que galope o al caballo que vuele. Tanto nos cuesta aceptar que el otro, quizás no está enfermo, no es un síntoma, sino que es lo que es que sufrimos en cambiar lo que no se puede cambiar (y al otro que tampoco puede dejar de ser quién es).
En una segunda mirada a esta metáfora se puede leer que nos podemos pasar muchos años o una vida entera no aceptando que, nosotros mismos, somos lo que somos y que a más lo neguemos más lo sufrimos. Es aquello de aceptar la falta también. Pero en una tercera mirada podemos pensar que hasta que el pez no vuelve al agua, el caballo al prado y águila al aire ninguno no va a estar feliz porque no está en su medio. Y que justamente es allí dónde podrá desarrollarse mejor y ser quien es. Porque en definitiva creo que un factor que nos hace sentir más felices es en abandonar los ideales del otro y poder encontrar en propio medio que nos hace más felices. No creo que sea algo fácil, aunque cuando se encuentra se ve sencillo, pero sí creo que aquellos que encuentran sus lugares es allí donde se pueden sentir realmente mejor e incluso pueden desarrollar su galope, su nadar o su vuelo.

Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo - Psicoanalista

29 de mayo de 2015

25 de enero de 2015

Cómo hacerse amigo de los demonios

Artista: Paulo Peres
Web: http://paulo-peres.deviantart.com/gallery/

Había una vez un hombre que quería ser amado por todos. Su suerte no era poca porque contaba con encantos no vistos muy a menudo. Sus palabras y gestos eran agradables y gráciles. Su discurso era sinuoso y sabía desenvolverse en diferentes situaciones. Este hombre casi siempre caía bien. Pero su agrado, si bien parecía un acto de caridad, lejos estaba de eso. En la profundidad de su ser cada acto tenía un precio, cada sonrisa una deuda generada. Entonces aquel que parecía un generoso era realmente un prestamista.
Un día, luego de tantas inversiones, decidió cobrarse sus esfuerzos con algo de intereses. A su ego no le bastaba saberse aceptado por todos, sino que quería verlo todo junto de una vez. Necesitaba del número que cuantificase su gloria. Y así convocó a todos a una fiesta. Entre los que él llamaba como “amigos” se encontraban ángeles y demonios. Y así todos fueron llegando a la fiesta sin saber quiénes estarían a ciencia cierta mas que “su” entrañable y dicharachero amigo. Pero al llegar empezaron a verse las caras unos con otros, nazis y judíos, ángeles y demonios, terroristas y pacifistas y así cada grupo pudo ver que había de todo en la fiesta así como su antagónico. Como si del telón de un gran mago se tratase, cayeron en cuenta que ninguno tenía un amigo, que no habían ido a dicha reunión para él ni por ellos, sino para alimentar su gran ego. La cita no había sido clara, como nunca era su discurso, pero algo quedó trasparente, no había amigo, había narcisismo.
Y así los ángeles, los pacifistas, los judíos se  marcharon entendiendo que no había un alma empática, sino una egoísta. Y a contraposición, los que generaban el terror, los demonios y los nazis se sintieron más a gusto y se quedaron a disfrutar de semejante banquete.

Sergio Alonso Ramírez

Psicólogo Psicoanalista

27 de diciembre de 2014

Abrázame muy fuerte

Si... por favor, no me sueltes, abrázame fuerte. En cada suspiro te siento, me abrigo al sentirme rodeada de ti. Antes no sabía qué ni cómo hacer, pero ahora rodeada de ti no me pregunto más nada. Me dejo llevar, como una hoja que el destino decide mover. Vivo el día a día, todo fluye, todo surge, me relajo y me dejo rodear por ti. Mi debilidad la suplo con tu fuerza, mi perdición con tu decisión y...
Por favor... no me abraces tan fuerte... no me puedo mover, déjame algo de movimiento. Por favor... no puedo respirar bien, no presiones tanto.

 - Pero mi querida, es lo que siempre has querido, ahora lo tienes - contestó la Boa constrictora.


Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista. 

15 de diciembre de 2014

Observación Extraterrestre

Diario estelar: 

Hoy he llegado a un planeta sumamente extraño. Parece que lo llaman "Tierra", aunque también significa donde se plantan las cosas. Raro que lo llamen así cuando lo que más tienen es mar. 
Realmente estoy intrigado sobre este mundo porque sus habitantes tienen capacidades de razonamiento y civilizaciones, sin embargo su comportamiento es completamente sorprendente.
Por ejemplo, cuando tienen pelos, se los quitan y cuando

31 de mayo de 2014

El hombre que crecía - Cuento -

 
Hace mucho, mucho tiempo, nació un hombre. Pero su destino quiso que no fuera como el de cualquier otro. Este hombre fue abandonado de bebé y lo acogió una familia que lo cuido con mucho afecto y cariño. Pero lo que no se atrevieron a darle fue un nombre, en definitiva, no era de ellos y sus padres podrían recogerlo en cualquier momento. Sin embargo, esta persona sin nombre fue creciendo. Pero en el devenir de su desarrollo se dieron cuenta de algo peculiar: no terminaba de crecer nunca. Así pasaron los años y él siguió desarrollándose. Hasta el punto que después de cierto tiempo se percató, cómo todo el poblado también, que ese pequeño bebe era en realidad un gigante. Y como tal fue cada vez más y más grande e imparable.
De esta manera fue tomando atribuciones por su tamaño. Empezó a ser irresponsable, a pensar sólo en sí mismo, y fue avanzando, robando comida y pisando los plantíos de sus vecinos. Y aun así la gente le pedía que por favor no lo hiciera. Pero él se justificaba por su gran tamaño y decía con una supuesta humildad que era torpe. En realidad lo único que pretendía era hacer lo que quería y como mejor le parecía.
Seguían sus días y aumentaba su tamaño y con él su irresponsabilidad. Pero le faltaba algo, a pesar de su fuerza y de la altivez de sus actos, no tenía nombre. Era lo único que le faltaba para ser completo, para sentirse todo poderoso como su tamaño. Un día, mientras torpe e irresponsablemente caminaba y comía todo lo que se le cruzaba, vio un personaje curioso. Era un viejito, pequeño, con un palo tallado que hacía las veces de bastón. Estaba debajo de un árbol y no lo mató por casualidad porque se pensaba que era comida. Pero no, era aquel hombre sentado a la sombra del árbol. El gigante se agacha y le pregunta quién es. Y el hombre le dice que es un sabio. Pero el gigante no sabía muy bien que era eso. Con lo cual lo interrogó y le preguntó si era un hombre que lo sabía todo. El sabio le explico que eso es un oráculo, el sabio es quien a partir de su vida y sus conocimientos puede aportar algo al otro para que aprenda de sí mismo. Fue entonces que el gigante se entusiasmó y le contó su historia y le preguntó si él podría decirle su nombre.
El sabio le dijo que sí, pero para ello tendría que acompañarlo y conocerlo. La fuente del conocimiento siempre está en quien pregunta en definitiva.
- Sólo basta con saber observar y relacionar- decía el pequeño hombre.
De esta manera el sabio acompaño al gigante durante un tiempo. Vio como el gigante actuaba con descaro, se justificaba por su tamaño, pisaba a los demás y actuaba como un niño gigante. Pero un día lo interrogó al sabio y le dijo si ya le podía decir su nombre. El sabio le respondió que ya estaba a punto de poder decirlo. Pero que justamente por su grandeza él no lo podría escuchar. Sin embargo estaba seguro que faltaría poco para poder decírselo, que era cuestión de esperar.
Dado que no podía conseguir la información de ningún modo el gigante decidió ignorar al sabio. Y siguió cada vez más haciendo más de las suyas, olvidándose de aquel pequeño hombre. Y continúo su caminar que parecía imparable, nada lo detenía, nada parecía tener la fuerza suficiente para detener semejante máquina de destrucción.
El pueblo no era muy grande, si bien era agrícola. Pero con tantos años de saqueo y destrucción sucedieron dos cosas:
El gigante terminó destruyéndolo todo (siempre con excusas)
Y entre todo el poblado lo terminaron expulsando.
Así el gigante empezó a andar despreocupado porque suponía que le sería igual de fácil que siempre conseguir lo que quería, en definitiva su tamaño, su actitud y su experiencia lo avalaba. Pero los poblados cercanos ya lo sabían y estaban preparados para rechazar la amenaza de su presencia. Nadie estaba dispuesto a alimentar a un gigante de esa calaña.  
Pasado un tiempo el gigante estaba sin alimentos, no sabía producirlo y estaba completamente solo.  Finalmente cayó desbastado por el cansancio y el hambre. No se había desmayado pero no podía moverse tampoco.
Con los ojos mirando hacia las arboledas, ve que algo se mueve. Parecía un animal, no lograba distinguir bien de qué se trataba. Cuando eso se acercó más pudo darse cuenta que era una imagen conocida. Se trataba del pequeño anciano sabio.
En ese momento el viejo le dijo -“¿Te habías olvidado de mí? Pues yo de ti no. Y lo que se promete se cumple”-
El anciano, con una gracilidad llamativa para un hombre con el peso de tantos años en sus espaldas, trepó por las ropas del gigante, se aproximó a la gran oreja del mismo, y con voz calma, casi en un susurro, le dijo:
-        “¿Querías saber tu nombre?... Pues llegó la hora de saberlo, ahora estás listo y a la altura para escucharlo. Tu nombre es: EGO, sólo puedes escuchar una vez que has caído.” –

Sergio Alonso Ramírez

Psicólogo Psicoanalista. 

14 de marzo de 2014

Las almas "Travers"

Arte: Eric Almås
web: http://www.erikalmas.com/
Muchas almas nacen en las tonalidades de los grises. Es como una franja que dependiendo del destino de cada uno se moverá hacia un lado u otro. Otros desafortunadamente nacen y transitan sus vidas en la franja de los “oscuros”, los que van hacia el total vacío, negro, denso y donde no llega la luz. Y unos pocos nacen en la franja más luminosa, donde los grises son simplemente blancos un poco opacados.

Sin embargo hay almas particulares, las que se las define como “travers”. Son aquellas que pueden ir “a través de”. Ellas no lo han elegido, al menos conscientemente, pero el destino las ha obligado a caer en la más profunda negrura y gracias a eso poder también conocer la más blanca de la luces. Los “travers” en principio son un alma cualquiera, no han venido con un don particular. Lo que las hace especiales es la capacidad de haber caído en las oscuras tinieblas y al conocer lo oscuro, subir con fuerza hacia su gris natal y pasarse y conocer la luz más brillante. Los “travers” parecen exitosos, luchadores, pero en el fondo ellos saben que hay lugares oscuros y trabajan vehementemente para no caer más en él. Mientras los que sólo conocen los grises luchan por estar en un gris un poco más claro, los “travers” intentan vivir con la mayor luz posible, pero porque han saboreado la negrura.

Y todo esto los dota de algo en particular, algo diferente. Ellos pueden escuchar, pueden oír y pueden ver cada situación del resto de colores. Por supuesto que se diferencian de los otros que han nacido en la negrura o en la luz total. Porque aquellos que no han caído o que no han podido elevarse suponen que el mundo sólo tiene esas tonalidades. Sin embargo los “travers” no. Ellos con una mirada particular, con un escutriño en su mirada pueden ver más allá de las fantasías que las almas de cada franja tienen. Ellos que parecen tan taciturnos y meditabundos saben que estarán allá para cuando alguien se pierda en alguno de las tonalidades. Tampoco conocen absolutamente todo lo que sucede en cada tonalidad, pero saben que existe y que alguien puede estar viviendo algo de ella.

Pero lo tragicómico de todo esto, es que los demás los ven como alguien que tiene algo especial, y en realidad no tienen nada más que haber sobrevivido a las tonalidades de las diferentes franjas. Aquello que para los demás es un don de los “travers”, no es más que la experiencia de haber conocido las maravillas de la luz y los horrores de la oscuridad.

Sergio Alonso Ramírez

Psicólogo Psicoanalista.  

1 de agosto de 2013

Blancanieves: Su madrastra, el espejo y el psicoanálisis


Artista: http://www.jmatheus.es
Jorge Matheus

Bruno Bettelhein en su libro "Psicoanálisis de los cuentos de hadas" nos abre todo un interesante análisis sobre la función de los cuentos de hadas en la niñez y sobre su vínculo con las vivencias del niño.
Como nos recuerda, el niño dada su edad, todavía no puede hacer una unión entre lo bueno y lo malo y comprender que las personas pueden estar conformadas por estas dos características, sino que los vivencia como aspectos separados. O se es malo o bueno, no hay tonalidades posibles. Esto se repite en todos los cuentos de hadas donde aparecen los personajes "siniestros" y los "benévolos" en los cuales no hay punto intermedio ni de inflexión.
Hoy me gustaría analizar una pequeña escena de Blancanieves que nos viene a contar mucho sobre la vivencia de una madre y una hija.

31 de agosto de 2012

8 de abril de 2007

El derecho a volar


El hombre vivía solo. De alguna manera, sin que pudiera darse cuenta, su vida se había ido vaciando, poco a poco, de expectativas.
Sus días discurrían en el ir y volver del trabajo, para luego llegar a su casa y que nada le pudiera dar un poco de brillo en su existencia.

En su casa tenía un terreno y desde el ventanal de su salón se podía ver un pedazo de tierra que él pretendía llamar jardín. Éste, como su vida, no tenía grandes atractivos que despertarán sus sentimientos, sólo era un poco de césped y un triste árbol. Pero un día empezó a ver que en el mismo había hecho nido un pájaro grande, hermoso y de colores que parecían obligar a sus ojos a posarse en ellos. Su canto era como una melodía que lo invadía todo. Cada día volaba en búsqueda de alimento convirtiendo en un espectáculo admirable el despliegue grácil de sus alas en contraste con el cielo. Su presencia condujo a

20 de febrero de 2007

La Ventana

Vivían en una pequeña ciudad de una isla. La característica de esa isla era que siempre había nubes. Tanto de día como de noche alguna nube se colaba entre los rayos del sol o de la luna. No era un lugar triste, porque siempre había luz. El cielo, cuando era de día, tenía un color celeste intenso con una bola amarilla brillante y como siempre con alguna que otra nube que daba un descanso a los rayos abrasadores.
Ésta era una de esas islas con “microclima”. Lo que quiere decir que siempre se estaba bien, con un clima templado.
La noche no era menos espectacular. El cielo parecía una cúpula azul profundo con miles de puntitos blancos y la luna era la invitada de honor. Su luz era tan fuerte que si se acostumbraban los ojos a la noche, se podía ver casi todo con detalle. Era un espectáculo que sólo saben apreciar en toda su magnitud los que habitan con él. Es como si la noche, que llama al descanso, nos dedicara una melodía visual para relajar nuestra mente y cuerpo para que descansemos mejor.

Peter vivía en dicha isla, la amaba. Poder vivir entre tanta inmensidad lo hacía sentirse libre. Pero como todo ser viviente tenía que volver por las noches a su casa. Su hogar era simple, abarrotado de hermanos, madre, padre, perro, gato, olores frescos y alegría. No era un lugar inmenso, pero tuvo la suerte de tener un espacio propio y apartado que era su habitación.
La casa estaba ubicada en un pueblo, y como pasa en esos pequeños lugares, la próxima casa estaba a unos metros.
Como las casas se habían construido en la misma época, se daba la casualidad que la ventana de su habitación miraba a la ventana de la habitación de la casa contigua.
Peter creció sin mayores noticias en su vida. Pero en la medida que fue creciendo, sus intereses y su mirada se fueron posando en diferentes cosas. Y claro está, en los tiempos de la adolescencia su mirada comenzó a posarse en la ventana de la casa de al lado…

Allí vivía Charlie. Si bien toda la vida habían sido vecinos apenas se habían notado el uno al otro. Cada uno creció con diferentes grupos de amigos.
A diferencia de su vecino Charlie no tenía tantos hermanos. Era más extrovertido, soñador y curioso. Sin embargo, por esas cosas del destino, el bichito de la curiosidad lo picó también y comenzó a tener el mismo hábito que su vecino. Mirar por la ventana.

Eran jóvenes aún y, como en todo pueblo, esto de que a un chico le gustara otro no era lo mejor visto. La gente de la isla no era mala, pero si ni ellos mismos comprendían muy bien lo que les estaba pasando, menos los demás.
Con lo cual los dos lo vivían como una experiencia extraordinaria y muy apasionante. Era una especie de secreto, algo que los impulsaba desde lo más profundo de su ser. Los excitaba, los dejaba ansiosos y su sangre corría como la lava del volcán que tenían en la propia isla donde habitaban. Eran jóvenes y bien parecidos.
Al principio sus miradas fueron tímidas, y el tiempo que pasaban en la ventana muy corto. Pero poco a poco se fueron dando cuenta que a los dos les estaba ocurriendo lo mismo.
En el día, el disimular era algo primordial, con lo cual nadie notó que en la misma isla, allí, oculto frente a sus narices, estaba comenzando esta historia.

A medida que el tiempo pasó, los lapsos que se quedaban prendidos de sus respectivas ventanas se fueron alargando. Hasta que se convirtió en algo inevitable y periódico.
Les costaba mucho esperar que cayera el sol, comer, despedirse de sus familias y huir a sus cuartos a verse por las ventanas. Por precaución y ante la posibilidad que alguien entre y les pregunte que hacían, las ventanas permanecían cerradas, pero ellos desde detrás de los cristales se observaban.
En aquella época no existía la luz eléctrica en la isla, con lo cual nunca faltaba la luz de una vela que permitiera que su vecino pudiese divisar la imagen de su admirador.

El amor nació en cada uno, sus ojos expresaban muchas cosas, sus gestos, el color de piel después de un día soleado, y hasta como se vestían para lucirse frente al otro.

El mirar a través de la ventana era todo un ritual. Lo que para muchos es simplemente ver cómo está el clima para saber que ponerse al salir, para Peter y Charlie se había convertido en lo más importante de su vida.
Si esas ventanas hablaran podrían contar las cosas que vieron pasar, ropa, gestos, dibujos de corazones, una flor que simbólicamente viajaba para ser entregada al otro, bailes, risas, ilusiones, en fin, muchas cosas.

Pero como en toda pareja sucede, las grandes demostraciones de amor pasan al principio para luego dar lugar a las más sutiles y finas. Aquellas que sólo se leen en un minúsculo movimiento de la cara del otro y nos habla de sus sentimientos. Cuando vamos conociendo a la persona que amamos, no solo nos ama con un gran gesto sino que ya un pequeño detalle es símbolo de su amor. Porque cuando conocemos al otro sabemos leer en toda su persona lo que siente. Pero el tiempo no solo trajo amor y conocimiento sino también peleas.

Quizás los que no hayan vivido esta particular historia de amor no la entiendan muy bien, pero así como nació una relación tan íntima y fuerte a través de la ventana, también debemos comprender que nacieron conflictos, aún sin haber vivido un contacto directo.

Lo que resultaba extraño es que sus peleas eran tan intermitentes como las nubes que cubrían la luna al pasar. De golpe Peter estaba mirando a Charlie que a su vez tenía su vela encendida, y cuando pasaba la nube, se oscurecía la noche y Peter lo veía diferente. Notaba cosas en Charlie que no le gustaban para nada. Y lo mismo comenzaba a pasarle a Charlie. Cuando pasaban las nubes notaba otras cosas. De golpe veía actitudes, situaciones, rasgos o cosas que no le llegaban a gustar, y que de hecho, con el tiempo lo enfadaban de sobremanera.
Luego, claro está, una vez que la nube se hubiera ido y la luz de la noche bañaba la isla nuevamente, volvían a verse como antes. Es ahí donde sus ojos reflejaban comprensión, amistad y complicidad, y donde justamente se reconciliaban. Como si lo que hubiera pasado momentos atrás era algo que no volvería a suceder, como si no hubieras sido real.
Pero el clima fue cambiando en el mundo y las nubes en la isla aumentaron. Paradójicamente al haber más y más nubes sus peleas fueron creciendo.
Peter sentía que Charlie se alejaba de su ventana. Lo cual era todo un símbolo en su particular y privado idioma. Por ende él se alejaba más y veía que su vecino lo hacía también. Al vivir esto le daba mucho odio. No lograba entender cómo podía tener este tipo de actitud infantil. Como tenía esa reacción ante una “disputa”.

Charlie, cuando las nubes aparecían, veía que Peter estaba “muy” arreglado, muy joven y muy deseable, cosa que lo hacía pensar que seguramente en el día, cuando no estaban juntos, podía llegar a conocer a alguien y dejara de ver por su ventana en las noches.
Todo esto hacía que cada vez que la luz de la luna no brillase sus peleas y disgustos fueran a mayores.
Peter se convencía a sí mismo de que si Charlie se alejaba él lo haría porque tuvo una vida antes de su ventana y no necesitaba realmente pasar por estas situaciones. Y se convencía de que Charlie tenía un problema por alejarse. A la vez le daba terror, y cuando aparecía la luna, una vez más, se reconciliaba nuevamente con su vecino.

Charlie a su vez, al ver a Peter que se arreglaba y que estaba mejor, él también lo hacía consigo mismo, pero extrañamente cuando esto sucedía, venían las nubes y se encontraba que Peter había hecho lo mismo. Con lo cual parecía un círculo vicioso, yo me arreglo, él se arregla, yo me peino, él se peina. Y con esta paradoja los odios también se acrecentaban.
Peter se preguntaba porque Charlie tendría este miedo tonto a alejarse. ¿Por qué cada vez que me enojo se aleja de repente?
Charlie no entendía la actitud infantil de Peter de querer estar siempre más lindo que él, de ser deseado por otros. ¿No le bastaba con ser más joven?

De esta manera el cambio climático no sólo trajo nubes sino también discusiones, las discusiones pasaron a peleas y las peleas a angustias.

Había noches donde no podían dormir de lo enojados que estaban, otras simplemente cerraban las cortinas de un golpe y se acababa la relación.
Los dos sabían que había algo mal. Bueno, en realidad, suponían que había algo que no funcionaba. En cuanto a las razones, estaban bastante seguros que la culpa de la propia angustia radicaba en el otro. Sobre eso estaban bastante de acuerdo. Era evidente, para cada uno, que el otro era “culpable de los cargos” y que tenía que cambiar “el otro”.

Un buen día después de una pelea muy fuerte y una noche totalmente nublada, decidieron dejar las cortinas cerradas. Así estuvieron un mes entero.
Las noches ya no eran como antes, ni la habitación era igual, ni había mágia en sus vidas. La ventana estaba cerrada como siempre, pero cada uno de ellos estaba completamente solo en su habitación. Y lo peor de todo, es que se sentían solos.
Porque al fin y al cabo… Sus habitaciones eran solo eso… Un lugar para dormir, pero no para vivir. Sus ventanas estuvieron siempre cerradas, y ahora ni siquiera tenían la ilusión de estar acompañados.
Ya no disfrutaban de contar las estrellas juntos, ni pedir deseos con las fugaces, ni comunicarse con gestos como hacían. Simplemente vivían sus aburridas vidas de día, se quedaban con sus familias más tiempo y miraban el techo de su habitación.
Pero como dije antes, esto fue sólo un mes. Ya que el clima siguió cambiando y llego a la isla lo que nunca había pasado antes. Tormenta.
Pero no era sólo una lluvia, sino una tempestad. Esa noche Peter y Charlie estaban en sus cuartos respectivos. Escuchaban los truenos rugir como gigantes enajenados para asustarlos. El viento ululaba y los rayos caían por toda la isla. Y así como la tormenta crecía lo hacía su sensación de soledad y miedo.
A la vez, como si estuvieran comunicados a través de sus corazones espiaron por entre sus cortinas. La noche estaba muy oscura, apenas se veía.
Corrieron las cortinas y vieron, se vieron mutuamente. Pero nuevamente se encontraron los mismos problemas en tanta oscuridad. Tanto uno como el otro tenía los mismos defectos. Inclusive en esa noche vieron lo mismo. Se enojaron, discutieron, se hacían los mismos gestos. Y sucedió en ese momento… En el medio de la discusión… Un increíble rayo iluminó toda la isla y fue con semejante luz cuando se quedaron pasmados.
Con tanta claridad se vieron. No estaban vestidos tan parecidos ni haciendo el mismo gesto. Los rayos se siguieron uno tras otro y… Se dieron cuenta que cada vez que la luz se iba, lo que veían en la ventana del otro era el propio reflejo. Que cada vez que las nubes cubrían la luz de la luna, lo que estaban viendo era a sí mismos.
Allí, con vergüenza, con alegría y con amor, se dieron cuenta que no podían vivir detrás de sus propias ventanas. En ese momento, las abrieron, escaparon de sus habitaciones, y finalmente conocieron verdaderamente al otro. Ya no la imagen del otro o a la propia reflejada, sino al otro. Aprendieron a darse cuenta que esconderse detrás de las ventanas propias lo único que genera son peleas con nuestro propio reflejo y que no nos deja llegar a nuestra propia felicidad con la pareja.


Sergio Alonso Ramirez
Psicólogo Psicoanalista




17 de febrero de 2007

Espacio

- "Toma, estas semillas son para ti, así podrás jugar a tener tu propio jardín" – Le dijo su madre con una sonrisa.

Aarón tenía la cara iluminada. Por primera vez, a sus apenas 7 años, había recibido el honor de poder hacer su propio jardín. Desde hacía “mucho tiempo”, desde sus tempranos 3 años, lo reclamaba casi a diario.
Su casa no era muy lujosa, pero se encontraba en una zona rural y tenía mucho terreno. En su gran mayoría estaba cubierto por el gran jardín de la familia. Pero detrás de la casa, donde nadie veía, había quedado una gran parcela de tierra fértil sin que nadie se ocupara de ella. Desde pequeño Aarón se dedicaba a jugar con piedritas y palitos planificando una y otra vez su jardín. Era prácticamente su divertimento favorito.
Sus padres suponían que se

El Búho

Artista: Jorge Gomes Matheus


Ya al nacer intuía que algo fallaba, como que todo estaba demasiado cerca. Desde su huevo escuchaba mucho ruido. Al principio no entendía bien por qué. Dentro del cascarón, por el momento estaba cómodo, caliente y fuera del bullicio que llegaba a través de su refugio, no había nada que le molestara.

Pero como todo en la vida evoluciona, llegó el momento de romper el cascarón. Cuando salió vio los grandes ojos de mamá búho. No fue la única a la que que vio, sino también los de papá y los ocho hermanos. ¡Sí! ¡Ocho hermanos! Le había tocado nacer en una familia muy numerosa, no como las ramas del árbol en el que nació.

El reflejo de la naturaleza

Allí, en el campo, se encontraba el pastor. Este era un hombre que en su momento había hecho proezas en su vida, proezas para sí mismo y se había realizado como persona. Un hombre que en muchos aspectos había logrado superarse. Hoy era pastor. El hombre en sus primeros tiempos ponía todo su empeño para ser el mejor en su trabajo. Después de haber comprobado muchas cosas en su vida para sí mismo y los demás, había decidido tomar este nuevo rumbo. Un reto más para su persona y una posibilidad más para re-descubrirse en un nuevo escenario de vida.

Pero como todo en ella, el tiempo fue pasando y

La Yegua y el Búfalo

En la pradera, el búfalo conoció a la yegua. Se deslumbró de su color marrón claro brillando al sol, del movimiento de sus crines al trotar, de su elegancia al galopar libre con su ímpetu natural.


La yegua, más alocada y salvaje se embelezó de las palabras del búfalo, que si bien es mas osco y grandote, también es protector, más lento, observador y le gusta rumiar lo que ve y piensa.

Los dos se hicieron amigos en la pradera y se enseñaron mutuamente muchas cosas típicas de cada especie.

Un día la esbelta yegua se dio cuenta que era un animal precioso. El búfalo se lo fue enseñando de a poco. Y ella fue a una exposición de caballos. En dicha exposición fue admirada y aplaudida.
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