Hay una idea bastante extendida entre psicoanalistas, particularmente en ciertos ámbitos lacanianos, según la cual el precio de una sesión debería establecerse teniendo en cuenta cuánto puede pagar cada paciente. A veces esto se reviste de una justificación un poco más sofisticada: el análisis tiene que “costar”, el pago tiene que implicar algo para el sujeto, no puede ser una cantidad irrelevante para él. Siempre me ha parecido una idea bastante absurda. Mi política con los honorarios es mucho más sencilla: a mis pacientes no debería importarles mi economía y a mí no debería importarme la de ellos. Mi trabajo tiene un precio. Actualmente son de un monto determinado. No importa si el paciente gana 1.500, 5.000 o 15.000 euros al mes. No pregunto cuánto gana, cuánto ahorra, qué patrimonio tiene ni cuánto creo yo que podría pagarme. No veo por qué el psicoanálisis debería funcionar de una manera tan diferente del resto de las cosas de la vida. El gimnasio tiene un precio. Un teléfono tiene un precio. Un vuelo tiene un precio. El supermercado no me pregunta cuánto facturé este mes antes de decidir cuánto va a cobrarme la compra. Y si mañana tengo menos pacientes, la gasolina no me cuesta menos. Se podría responder que el análisis es diferente porque el dinero también forma parte de la relación analítica. Por supuesto que forma parte. Precisamente por eso creo que hay que ser particularmente cuidadoso antes de convertir al analista en una especie de auditor de la economía del paciente. Porque ¿qué significa exactamente “lo que puede pagar”? Supongamos que alguien gana 8.000 euros al mes. ¿Puede pagar mucho? No lo sabemos. Puede tener deudas, una inversión que salió mal, tres hijos, una madre enferma, una hipoteca enorme o ser simplemente un desastre administrando dinero. Tendríamos que empezar a preguntarle por sus gastos. Pero entonces aparece otro problema. ¿Qué gastos vamos a considerar legítimos? Quizás alguien dice que no puede pagar el análisis pero se gasta una fortuna saliendo, bebiendo o consumiendo cocaína. ¿Tengo que reducir mis honorarios para adaptarlos a su consumo de cocaína? Evidentemente no. Pero si no acepto ese gasto y sí acepto que mantiene a una madre enferma, ya no estoy simplemente evaluando su capacidad económica: estoy decidiendo qué debería hacer esa persona con su dinero. Para determinar seriamente cuánto “puede pagar” alguien tendría que conocer sus ingresos, patrimonio, deudas, ahorros, personas a cargo, gastos y proyectos. Y después tendría que decidir cuáles de esos gastos considero razonables. Todo esto para terminar estableciendo cuánto creo yo que debería destinar a su análisis. Me parece de un atrevimiento extraordinario. Además hay algo todavía más curioso: en este supuesto cálculo suele aparecer toda la economía del paciente y desaparecer mágicamente la economía del analista. ¿Quién dijo que un psicoanalista sabe manejar bien su dinero? ¿Quién dijo que no está endeudado, que no tiene una ludopatía, una adicción, un hijo al que mantiene, miedo a quedarse sin pacientes o una enorme necesidad de dinero? ¿Por qué suponemos que su propia economía no interviene cuando decide cuánto “debería” pagarle el otro? El analista también tiene inconsciente. Incluso la generosidad puede ser bastante menos inocente de lo que parece. Se puede cobrar menos para sentirse bueno, considerado, necesario, justo. Lo que no se cobra en dinero a veces se cobra en otra moneda: narcisismo, importancia, gratitud. Tuve un analista que hacía muchas excepciones y con el tiempo pude observar algo parecido en otros aspectos de su vida. Ayudaba económicamente de manera constante a un hijo adulto. Podía parecer simplemente generosidad, pero yo veía también cuánto necesitaba sentirse importante para él, cuánto necesitaba ser necesario. Cuando finalmente se quedó sin dinero, el vínculo cambió radicalmente. No digo que toda consideración económica esconda semejante mecanismo. Digo algo mucho más sencillo: el analista no está fuera de aquello que pretende evaluar. Por eso me sorprende esa facilidad para transformar decisiones personales en principios técnicos. Yo mismo aprendí esto con los años. Al comienzo de mi práctica hacía excepciones con los honorarios. Recuerdo una paciente que me pidió insistentemente pagar menos porque supuestamente no podía afrontar mi tarifa. Accedí. Después, durante las sesiones, aparecían sus salidas, el alcohol, el tabaco, los gastos y los viajes. Y entonces había creado un problema que antes no existía. Porque yo tenía que escuchar todo aquello como analista, pero al mismo tiempo era inevitable pensar: me dijiste que no podías pagarme y yo estoy renunciando a una parte de mis ingresos mientras vos decidís gastar el dinero en otras cosas. Ya no estaba escuchando solamente a mi paciente. Me sentía engañado y, además, bastante imbécil por haberme colocado voluntariamente en esa situación. Si después pretendía restablecer el honorario, aparecía un problema nuevo. El paciente ya había incorporado el descuento como precio. Lo que para mí había sido una excepción, para él se había convertido rápidamente en un derecho adquirido. Esto mismo lo aprendí todavía más claramente con las ausencias. Mi regla actualmente es sencilla. Si alguien necesita cambiar su horario debe avisarme aproximadamente con una semana de anticipación. Cinco o siete días, no importa la exactitud matemática. Si avisa después, la sesión se cobra. Eso no significa que sea indiferente a lo que le suceda. Si puedo cambiarle la hora, encontrar otro hueco o intercambiarlo con otro paciente, intento hacerlo. Pero la norma sigue siendo la misma. ¿Por qué? Porque si yo me enfermo, me rompo una pierna, tengo una emergencia familiar o sencillamente no puedo trabajar, el paciente no paga la sesión que yo no pude darle. Y me parece perfectamente lógico. Pero por la misma razón, yo tampoco tengo por qué asumir económicamente su imposibilidad. Al principio tampoco hacía esto. Si un paciente faltaba por primera vez y me avisaba cinco minutos antes, pensaba: es la primera vez, no se la voy a cobrar. Creía que estaba siendo considerado. Probablemente también estaba siendo inseguro. Después llegaba la segunda vez. Entonces aplicaba la norma y cobraba. Y ocurría algo fascinante: algunos se molestaban. “Pero la otra vez tampoco pude venir y no me la cobraste.” Es decir, el favor de la primera vez se había convertido en argumento contra mí la segunda. Ahí entendí algo bastante elemental sobre cómo funcionamos las personas: un beneficio se incorpora con enorme facilidad como situación de referencia. Lo excepcional se normaliza. Y cuando después se retira, no se vive necesariamente como el final de una concesión sino como una pérdida. Por eso la primera vez es precisamente cuando más importante resulta aplicar la regla. No para castigar. No para enseñarle al paciente a comportarse. Simplemente para que el encuadre sea el que es desde el principio. Algo semejante ocurre con los honorarios reducidos. Si alguien paga durante años una tarifa inferior porque atravesaba una mala situación económica y después empieza a ganar mucho más, resulta bastante ingenuo esperar que venga alegremente a decir: “Ahora quiero pagar más”. Cuando una persona sale de una mala situación económica quiere viajar, ahorrar, comprarse cosas, recuperar proyectos postergados. No piensa necesariamente que ha llegado el momento de aumentar voluntariamente el precio de su análisis. Lo he visto en la práctica. Personas que pidieron una reducción porque no podían pagar y que, cuando su situación mejoró extraordinariamente o recibieron dinero inesperado, inmediatamente pensaron en un viaje, en una compra o en cualquier otra cosa. No en restablecer el honorario. Y no tiene demasiado sentido indignarse con ellos. El error inicial fue mío por haber creado una relación en la cual yo debía decidir cuánto podían pagar. Por eso prefiero no saberlo. Si alguien gana una fortuna y administra espantosamente su dinero, no es asunto mío desde el punto de vista tarifario. Si alguien gana poco y decide hacer un esfuerzo enorme para analizarse, tampoco necesito certificarlo. El dinero y lo que hace con él podrán aparecer en el análisis, naturalmente. Pero una cosa es escuchar qué significa el dinero para un sujeto y otra muy distinta es administrar su economía. También me resulta problemática cierta manera de decir que el análisis “tiene que costarle” al paciente. Entiendo perfectamente que un análisis implica renuncias y que el pago puede adquirir significaciones subjetivas importantes. Lo que no entiendo es cómo alguien da el salto desde ahí hasta creer que puede determinar monetariamente cuánto tiene que costarle a otro. Si alguien gana 15.000 euros al mes, ¿cómo sé que 65 euros no le cuestan? ¿Porque representan un porcentaje pequeño de sus ingresos? ¿Desde cuándo existe una tabla que convierte porcentaje de renta disponible en efecto analítico? El dinero no significa lo mismo para dos personas que tienen exactamente el mismo patrimonio. Una puede angustiarse perdiendo diez euros y otra perder mil sin pestañear. Si de verdad nos interesa la relación subjetiva con el dinero, paradójicamente mirar cuánto gana es una medida bastante pobre. Hay en todo esto una posición del analista que me incomoda: una especie de saber supuesto llevado demasiado lejos. Yo sé cuánto te tiene que costar. Yo sé cuándo una cantidad es suficientemente significativa para vos. Yo sé qué podés pagar. Encuentro algo parecido en ciertas utilizaciones de la sesión de duración variable y del corte. No cuestiono que un corte pueda producir un efecto ni que en determinados momentos tenga una función clínica. Lo que cuestiono es la fantasía de que el analista pueda saber siempre cuál es exactamente la frase que debe quedar resonando y cuál es exactamente el segundo en que debe terminar una sesión. Mi propia experiencia analítica me enseñó algo diferente. He tenido sesiones enteras en las que se trabajaron cuestiones aparentemente importantes y, casi al terminar, mi analista decía incidentalmente algo sobre una situación cotidiana, incluso alguna pequeña escena que había vivido con su mujer. Y, sorprendentemente, eso era lo que se quedaba conmigo. Eso era lo que producía algo. No porque él hubiera calculado que ésa era la intervención magistral de la sesión. A veces era casi lateral. El psiquismo tiene esa particularidad. Toma lo que puede, cuando puede. Algo aparentemente secundario engancha una cadena asociativa y empieza a trabajar. Otra intervención que parecía extraordinariamente precisa pasa sin dejar prácticamente huella. Y aquello que verdaderamente tocó algo inconsciente suele tener además una característica bastante conocida: vuelve. Vuelve en otra asociación, en un sueño, en una ocurrencia, en un síntoma, en una resistencia. No siempre necesitamos terminar la sesión teatralmente en el instante exacto para impedir que veinte palabras posteriores arruinen el descubrimiento. Esto no significa que el analista no intervenga. Por supuesto que interviene. Tampoco significa que no sostenga límites. Al contrario: creo que los límites claros son fundamentales. Pero existe una diferencia enorme entre sostener un encuadre y creerse dueño de los efectos que ese encuadre produce. Quizás cuanto más claras sean ciertas reglas, menos necesita el analista gobernar al paciente. Mi sesión cuesta esto. Para cambiarla necesito este tiempo. Si yo no puedo trabajar, no cobro. Si vos no podés utilizar el horario que reservé y no avisaste con el tiempo acordado, se cobra. Si encuentro una manera de cambiarlo, estupendo. No necesito saber si faltaste porque murió tu perro, porque tu madre está enferma o porque te fuiste de fiesta. Necesito escuchar todo eso si aparece en tu análisis, pero no necesito establecer una escala moral de desgracias para decidir cuáles merecen que yo pierda mis ingresos. Y, sobre todo, no necesito hacerme el bueno. Porque existe también una pregunta que pocas veces se formula cuando se habla de la consideración económica que el analista debería tener con sus pacientes: ¿esa consideración funciona en ambas direcciones? Si durante años cobro menos a diez pacientes porque considero sus circunstancias personales y mañana me enfermo durante un mes, ¿van a pagarme las sesiones para que yo conserve mis ingresos? Probablemente algunos lo harían y muchos no. Y tampoco tendrían por qué hacerlo si eso nunca formó parte del acuerdo. Entonces quizá sea preferible no construir una deuda imaginaria de generosidad. Yo no necesito que el paciente cuide mi economía y él no necesita que yo cuide la suya. Eso no significa indiferencia. Puedo preocuparme enormemente por una persona, comprender la situación terrible que está atravesando y trabajar con ella con toda la consideración posible sin convertirme por eso en administrador de sus recursos. Hay algo profundamente respetuoso, para mí, en reconocer ese límite. Yo determino cuánto vale mi trabajo. El paciente determina qué lugar quiere darle dentro de su vida y de sus prioridades. Puede elegir analizarse, viajar, ahorrar, salir, mantener a su familia, comprarse un teléfono o gastarse el dinero de la peor manera imaginable. Todo eso podrá ser material de análisis. Pero su dinero sigue siendo suyo. Y el mío, mío. Sergio Esteban Alonso Psicólogo - Psicoanalista
"Hay algo que debéis entender de mi forma de trabajar. Cuando me necesitáis y no me queréis, debo quedarme. Cuando me queréis, pero ya no me necesitáis, debo irme... Es un poco triste, pero es así"- película: La niñera mágica.
(Sin embargo, a pesar de mi ausencia física, me tendréis allí donde me necesiten)
16 de agosto de 2026
¿Cuánto puede pagar un paciente?
13 de abril de 2022
Relaciones Simbióticas
Las relaciones simbióticas refieren a un tipo de unión particular donde se va difuminando la separación entre un integrante de la relación y otro. Es allí donde el sujeto se entiende como parte del otro y no soporta la separación, pudiendo entrar en estados de desorganización psíquica.
Hoy tocamos este tema en relaciones, que no solamente tienen que ser amorosas.
Saludos
Sergio Alonso Ramírez
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8 de febrero de 2022
28 de enero de 2022
El DESEO en la pulsión de MUERTE
28 de noviembre de 2021
Matrimonios Bostonianos: Como si estuvieran casados, pero no.
Matrimonios bostonianos: En muchas ocasiones se forman parejas entre amigos, hermanos/as, padres e hijos que terminan formando un vínculo particular. No tienen relaciones sexuales pero se acaban relacionando, inconscientemente, como un matrimonio. Se celan, se reclaman, se enojan, amigan y disfrutan de su compañía. La sexualidad no existe, por eso los llaman: Matrimonios Bostonianos. Saludos Sergio Alonso Ramírez Psicólogo - Psicoanalista (atención online) sergioalonso2000@gmail.com Psicosujeto www.psicosujeto.com Consulta: psicosujeto1.blogspot.com Facebook: www.facebook.com/psicosujeto citas (WhatsApp): (0034) 647 81 81 38
19 de septiembre de 2021
Nos queremos mucho, pero de a ratos
25 de abril de 2021
La paranoia, lo fortuito y los dioses/demonios
6 de marzo de 2021
La mirada que no solo ve
Nuestros sentidos parecen percibir, pero psíquicamente no sólo hacemos eso, hay mucho más que realizamos en ese acto. Algo que nos diferencia profundamente de otra especies y a la vez caracteriza nuestra psique.
Saludos
Sergio Alonso Ramírez
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12 de enero de 2021
¿Qué le sucede al que deja una pareja por otra?
31 de diciembre de 2020
20 de noviembre de 2020
La Matrix, la cultura y la existencia antes y después de la vida
El sujeto esta precedido por el lenguaje. Existimos ¿antes? ¿después? ¿Cómo? ¿Hasta dónde somos quienes somos y por qué?
Sergio Alonso Ramírez
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19 de octubre de 2020
No elijas lo que te gusta como carrera
16 de octubre de 2020
LOS CELOS
Bordeamos el tema de los celos, de las formas que pueden llegar a tomar y sus causas tanto en los hombres como mujeres. Pero quiero aclarar que el tema no está agotado con esta charla, quedan, como siempre, muchas cosas en el tintero, pero esto es sólo un vídeo que nos introduce y nos da unas nociones sobre el tema.
Sergio Alonso Ramírez Psicólogo - Psicoanalista (atención online) sergioalonso2000@gmail.com Psicosujeto www.psicosujeto.com Consulta: psicosujeto1.blogspot.com Facebook: www.facebook.com/psicosujeto citas: (0034) 647 81 81 381 de octubre de 2020
Cuando la muerte es noticia
Las conductas de los humanos siempre pueden ser curiosas y sorprendernos. Ayer, justo antes de atender a un paciente online desde el campo, en una provincia Española, me llegaba un mensaje de una amiga de Málaga que decía: “Ha muerto Quino”. Comienza la sesión con la paciente de Madrid y me dice “¿Te has enterado que Quino ha muerto?”. Mientras seguía la sesión llegaba otro WhatsApp con la misma frase, luego mi pareja, más amigos y así fue la primera vez en mi vida que me avisa tanta gente que alguien había muerto. Ni un presidente, ni ex ministro, ni descubridor de alguna vacuna fue algo tan intenso. Y se me ha hecho curioso lo que impacta en la gente y lo que queda aferrado en la vida de un sujeto, en el inconsciente, porque por más que uno haya leído Mafalda y muchas veces desde hace muchos años, y otras producciones de Quino, parece que algo hizo eco en lo más profundo de nuestra psique y queda ahí aferrado.
Una vez me dijo una persona que seríamos recordados por lo que que hacemos sentir a la gente y no lo que hacemos. Es linda la frase, pero no estoy del todo de acuerdo, porque si bien es verdad que no siempre nos acordaremos de quien ha colaborado a que nuestra vida sea mejor, está impreso en la cultura y nuestra existencia, por más que sea tácito (aunque esto al ego no le guste mucho).
Pero con Quino pasó algo curioso, diferente, todos, en todos lados, tv, radio, internet, whatsapp, sesiones de psicoanálisis, hablaban de Quino. Parece que eso que nos dio, y sigue dando en su obra, es algo muy importante para nuestra existencia.
Y hay algo más… Al irse, también lo volvemos a ver en vídeos, en entrevistas y nos enseña algo más interesante aún: Su humildad. En el mundo donde todos quieren ser vistos (sin necesariamente haber hecho nada más que nacer, o alguna pirueta), Quino fue tranquilo, humilde, sabiéndose en falta y que producía lo que mejor podía y lo ofrecía, como todos (pero a algunos les sale mejor).
En todo caso, a nivel psíquico, parece que alguien que ha llegado desde un humor peculiar al fondo de nuestras almas, ha dejado una huella que ni siquiera nosotros sabíamos y su muerte nos revela.
Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista
30 de septiembre de 2020
Hay algo interesante en la envidia, la agresión
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