"Hay algo que debéis entender de mi forma de trabajar. Cuando me necesitáis y no me queréis, debo quedarme. Cuando me queréis, pero ya no me necesitáis, debo irme... Es un poco triste, pero es así"- película: La niñera mágica.

(Sin embargo, a pesar de mi ausencia física, me tendréis allí donde me necesiten)


1 de julio de 2013

La parábola del buen samaritano


Carlos Solís
 http://wwwcarlossolisnet.artelista.com/


Édgar Victoria González, nos acerca desde Colombia un escrito muy interesante de François Dolto donde analiza al buen samaritano y también nos da que pensar sobre cada uno de nosotros, pero en función del otro. Desde ya muy interesante.


Saludo
todo el lenguaje esta interconectado y así es el inconsciente en cada sujeto pero de unos a OTROS es por ello que algo esencial y fundamento para la cura psicoanalitica se da través del: "diga lo que quiera y se le ocurra". El Evangelio ya lo había intuido al proponer." por las palabras los conoceréis.".
Este es uno de los principios del nacer.
No descuidar y desconocer que el prójimo se traduce en el OTRO y éste con la autocompasión (el espejo). En mi YO y en el tuyo siempre hay OTRO. Equivale al bla...bla.... que al nacer nos culturiza y vuelve sujeto. (malestar en la cultura). El mito que hay en el Evangelio ha servido
y servirá porque es lenguaje.

Atte.

Édgar Victoria González



Fragmentos de El Evangelio ante el psicoanálisis, de François Dolto
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De origen francés, la psicoanalista François Dolto nació a principios del siglo XX y murió en 1988.
El suyo ha sido un testimonio capital como mujer, como terapeuta y como filósofa en acción. Su contribución a la historia del psicoanálisis es una de las más valiosas y lúcidas.
Como creyente católica, aborda con una mirada aguda y sensible algunos pasajes centrales del Evangelio.
Ofrecemos a los lectores fragmentos del capítulo “Parábola del samaritano”, tomados del libro El Evangelio ante el psicoanálisis (Madrid, 1978), edición agotada desde hace años. A través de ellos se descubre una original y auténtica mirada sobre la persona humana a partir del concepto de prójimo. Dolto revela una perspectiva nueva y nada convencional del otro, que importa tener en cuenta.

Ángela Sanutti

***

Y entonces, un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba:
–Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?
Jesús le preguntó a su vez:
–¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?
El le respondió:
–Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo.
Le dijo Jesús:
–Has respondido con exactitud; obra así y alcanzarás la vida.
Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta:
–¿Y quién es mi prójimo?
Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió:
–Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”. ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?
Le respondió el doctor:
–El que tuvo compasión de él.
Y Jesús le dijo:
–Ve, y procede tú de la misma manera.

(Evangelio de Lucas, capítulo X, versículos 25-37)

***

En conversación con Gérard Sévérin, la psicoanalista François Dolto observa que esta parábola la había impresionado de niña, que la escuchaba fascinada. Pero el párroco, desde el púlpito, decía más o menos lo siguiente: “Queridos hermanos, Jesús nos pide que amemos a nuestro prójimo, que nos ocupemos de todas las necesidades, que dediquemos nuestro tiempo y nuestra vida a los desamparados. No seamos egoístas como este sacerdote y este clérigo que ven y pasan de largo”.
En seguida su interlocutor le pregunta si no está de acuerdo con la explicación del sacerdote. Y ella afirma que el párroco decía lo contrario de lo que señala el texto evangélico: “¡Destrozaba la parábola! En primer lugar, Jesús no reprende ni al sacerdote ni al clérigo. Refiere unos hechos. No juzga. ¡Hagamos lo mismo!”.

Se transcriben partes del diálogo:

Jesús responde a dos preguntas; la primera, “¿qué hacer para tener el nombre inscrito en el cielo?”. Y la segunda, “¿quién es mi prójimo”.

Jesús las contesta refiriendo una parábola. En el camino de Jerusalén a Jericó, una banda de ladrones ataca a un hombre. Lo desnudan y lo dejan medio muerto. Llega un sacerdote y luego un clérigo; los dos, hombres de Dios para los judíos. Lo ven, pero se apartan de allí prudentemente.
Pasa por el lugar un samaritano que va de viaje. Camina solo, quizá silbando, montado en su cabalgadura.
Como enseguida va a montar al moribundo en “su propia cabalgadura”, podemos suponer que se trata de un comerciante que lleva consigo un asno o una mula para transportar las mercaderías, mientras que él va en otro animal. Quizá estoy inventando, pero yo veo las cosas de esta forma.
Es un samaritano… No es un intelectual de izquierda de su época ni un “santurrón”. Pertenece al grupo de personas que no tienen de qué jactarse: nada de iglesia y poco de virtudes. Está muy cerca de la naturaleza, no es un hombre espiritual. ¡Es como es!
Un hombre “material”, práctico… ¡Sin duda, un comerciante!
Ve al hombre abandonado en la orilla del camino. Se acerca. Lo ha visto porque tenía el espíritu alerta: como todos los viajeros de la época, sabe que está amenazado por los bandidos. Se reconoce en ese hombre que yace herido en la orilla del camino. Podría haber sido él. Tal vez lo será durante el próximo viaje.

Por consiguiente, el sacerdote y el clérigo no podían verse reflejados en ese hombre maltrecho

Claro que no. A los hombres del templo no se los atacaba para asaltarlos.
Sin duda, el samaritano tenía algo de tiempo y valor para acercarse a ese hombre malherido. Lo cura con lo que tiene a mano: lo desinfecta con vino, le da masajes con aceite. Lo sube a su montura para dejarlo en la primera posada, donde también él pasa la noche. A la mañana siguiente deja un poco de dinero al posadero y le dice que volverá y pagará la posible diferencia.
Ha visto al herido, lo ha socorrido, lo ha dejado en buenas manos y continúa su camino. Ahora piensa en sus asuntos personales. Se va. Jesús ni siquiera dice que el samaritano se despidiera del hombre que había salvado.
Ha “perdido” o “dado” un poco de su tiempo montando a este hombre en su propia cabalgadura; lo cual significa simbólicamente que lo toma a su cargo corporalmente: lo lleva, hace con él las veces de madre. Y también de padre, pues le da dinero, lo que va a permitir que el herido se reponga.

Jesús pregunta: ¿Quién se comportó como prójimo de este hombre que había quedado en una situación inhumana, reducido a la impotencia corporal y social y que, abandonado en el estado en que estaba, habría muerto sin remedio?

El letrado le contesta: “El que tuvo compasión de él”. Jesús añade: “Pues anda, haz tú lo mismo”.

Eso quiere decir que hay que tener misericordia, dedicarse a los demás, preocuparse por ellos, como hace el samaritano y como decía el párroco de que hablaba usted antes.

Jesús no dice aquí nada de eso.
¿Quién es el prójimo? Para este pobre hombre molido a palos, robado y despojado, su prójimo es el samaritano. El samaritano es el que se comporta como su prójimo. Jesús le pide, pues, al hombre que yacía herido en el camino que ame al samaritano que lo ha salvado, y amarlo como a sí mismo.
Jesús le enseña qué es el amor al que ha sido salvado. Durante toda su vida amará al hombre que le ha prestado atención, asistencia y ayuda material, a ese hombre sin el cual habría muerto. Nunca deberá olvidar al hombre que le ha permitido recuperar su salud.

¿Cabría decir que, en definitiva, Jesús nos pide reconocer una deuda con respecto al otro, con respecto a los samaritanos de nuestra vida?

Según Jesús, durante toda la vida hemos de reconocernos deudores de quien nos ha ayudado en un momento en que, solos, no habríamos podido continuar nuestro camino. Lo sepamos o no, siempre estamos en deuda con quien nos ayuda en momentos de apuro.

¿Eso significa que somos eternamente deudores, esclavos dependientes de quien nos ha sido de alguna utilidad?

No. Ni esclavos ni dependientes, sino seres que aman libremente por gratitud. El samaritano que aparece como modelo de este relato evangélico, deja libre al otro. Se retira de nuestro camino y continúa el suyo. La deuda de amor y de reconocimiento que tenemos con el conocido o desconocido que nos ha ayudado sólo podemos saldarla haciendo lo mismo con otros.

De este modo, aquellos a quienes hagamos el bien y a quienes ayudemos en un apuro nos servirán para saldar una deuda y para tener buena conciencia.

Cuando eres “samaritano”, dice Jesús, debes ignorar la deuda y el reconocimiento.
Se obra desinteresadamente cuando, quien ha realizado un acto generoso, no guarda ningún recuerdo del caso. Ni siquiera tiene que desechar el recuerdo. Es algo pasado.
Se trata de un acto de sublimación genital. Es como cuando una madre da a luz. Es un acto de amor. Se ha dado. Es como un coito de amor. Se ha dado.
¿Quién se acordará de eso? El niño. El tiene la deuda de una vida, la deuda de volver a hacer lo mismo con sus hijos o con sus compañeros de vida. Pero no por “deber”, por “justicia”. Se trata de una corriente de amor. Si se detiene, se produce la muerte.
Cuántas veces oímos a personas convencidas de haber sido caritativas o de haber dado algo reprochar a los demás la falta de agradecimiento: “Cuando pienso en los sacrificios que he hecho por ti…, y ahora me dejas…, te vas a otro país…, te casas con una chica que no me gusta…”. “Cuando pienso en todo lo que he hecho por este hombre, y ahora me abandona”.
Si el que ha sido “caritativo” se considera acreedor de aquel a quien un día ayudó, si espera su agradecimiento, demuestra que trataba de comprar a alguien y que, por tanto, no era “samaritano”.

Pero ¿quién es hoy nuestro prójimo?

Nuestro prójimo son todos aquellos que, por un azar del destino, se encontraban allí cuando necesitábamos ayuda y nos la dieron sin pedírsela, nos socorrieron sin guardar siquiera recuerdo del caso. Ellos nos dieron su plusvalía de vitalidad. Se hicieron cargo de nosotros un momento, en una encrucijada en que su destino se cruzó con nuestro camino.
Nuestro prójimo es el “tú” sin el que el “yo” habría dejado de existir en nosotros en un momento en que, desprovistos de recursos físicos o morales, ya no podíamos actuar con nosotros mismos como padre ni como madre, no podíamos asistirnos, asumirnos, mantenernos o guiarnos.
Fueron nuestro “prójimo” todos aquellos que, como hermanos y en forma desinteresada, nos tomaron bajo su responsabilidad hasta que se repusieron nuestras fuerzas y luego nos dejaron libres para seguir nuestro camino.

Así, nuestro prójimo no es hombre de buenas palabras, sino el hombre eficaz en los momentos de apuro. Es el hombre simple, “material”. ¿Es el hombre compasivo y anónimo que nos salvó del desastre?

Sí. Jesús nos refiere esta parábola para explicarnos qué es nuestro prójimo, nos indica que ese prójimo es el ser que nos complementó en los momentos en que nuestra soledad, nuestro desvalimiento inconsciente, nuestra indigencia inconsciente hubieran representado sin él la imposibilidad de sobrevivir.



MÁS FRAGMENTOS:


“El desinterés es algo que no se da en el ser humano. Ni siquiera en el amor de los padres se encuentra lo gratuito: sólo cuidan a sus hijos para no morir ellos, los padres. Los hijos son para ellos el signo de que morirán menos cuando mueran. Amar a los hijos es luchar contra la muerte propia.
Los hijos pueden marcharse, dejar de querer a sus padres… Lo que realmente importa es que, siguiendo el ejemplo que se les ha dado, los hijos, cuando lleguen a ser padres, amen a sus hijos, aún cuando éstos sean a su vez ingratos con ellos.
En la Biblia jamás se habla de amar a los padres. Se habla de honrarlos (Éxodo 20,12; Marcos 7, 10-12), de proporcionarles medios para vivir durante el desvalimiento de la vejez.
Es magnífico que haya relaciones interhumanas entre padres e hijos como entre otros seres humanos con los que se tienen afinidades. Pero en ninguna parte se habla de amar a los padres.
Se ama al prójimo, pero hay padres que no son el prójimo de sus hijos”.

* * *

“Lo gratuito no existe…, excepto para almas piadosas o militantes que se engañan.
Comer y beber lleva consigo orinar y defecar. Es la ley. ¡Siempre se toma algo! ¡Siempre se paga!
Siempre hay un intercambio. Siempre hay algo que se toma a cambio de otra cosa que se da.
De hecho cabe dudar del desinterés del samaritano. El se identificó con el hombre herido y expoliado. Ahora bien, no se es desinteresado cuando uno se ve como un andrajo.
Así es como se entra siempre en contacto con el otro: uno se encuentra a sí mismo en el otro, que se convierte en nuestro espejo. Uno se socorre a sí mismo, proyectado en el otro de forma narcisista. En esto consiste lo que llamamos desinterés”.

Arte: Carlos Solís http://wwwcarlossolisnet.artelista.com/

Sergio Alonso Ramirez
Psicólogo - Psicoanalista





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