"Hay algo que debéis entender de mi forma de trabajar. Cuando me necesitáis y no me queréis, debo quedarme. Cuando me queréis, pero ya no me necesitáis, debo irme... Es un poco triste, pero es así"- película: La niñera mágica.

(Sin embargo, a pesar de mi ausencia física, me tendréis allí donde me necesiten)


24 de febrero de 2016

La falta de Damocles



Un conflicto con que  se encuentran los sujetos al ir avanzando en su vida es el tener que afrontar la falta y la castración. El separarse simbólicamente de los padres implica una castración que deja al sujeto en falta, es decir, le faltan cosas y ahora el rellenarlas le corresponde a sí mismo. Donde antes el otro era responsable de cubrirle la faltas, en la medida que avanza la vida, puede renegar, huir, detestar y protestar con tal de no hacerse cargo de las mismas y ver cómo las puede ir recubriendo, pero seguirán, muy a su pesar, siendo suyas. En la obsesión se observa mucho como el sujeto mira al padre o representantes simbólicos del mismo  como sujetos imponentes, poderosos a los cuales quiere derrocar, sin embargo, quiere hacerlo de una forma siempre fallida, ya que lo que quieren es ubicarse, perversamente, en el lugar que fantasean, completo, del otro. El hecho de hacer una carrera, profesión u oficio no es indicativo necesario de haber podido hacerse cargo de la falta en tanto y en cuanto el sujeto quiera utilizarlo como herramienta para erigirse como un ser absoluto. 

Hoy una vecina, profesora de Latín, nos cuenta una historia interesante: 
Dionisio era un tirano poderoso, lleno de riquezas y tenía, en apariencia, a todo el mundo en sus manos. Su palabra era ley, su poderío resplandeciente y el diván donde se echaba a gobernar era majestuoso. Sin embargo también estaba Damocles, un gran adulador, que pretendía y deseaba ocupar el lugar de Dionisio. Entre halagos y palabras agradables le hace saber a Dionisio que a él le encantaría ocupar su lugar. Dionisio le dijo que podían hacer el intento y lo invitó a que durante un período ocupara su lugar. 
Así fue que Damocles ocupó su majestuoso diván, tenía personas que lo abanicaban, los mejores manjares y grandes tesoros. Con un chascar los dedos le traían Efebos ( jovencitos para saciar sus apetencias sexuales). Sin embargo, en un momento Damocles se recuesta en el diván y ve algo que lo asusta, lo aterra y perturba. Del techo, a través de una crin colgaba una daga que apuntaba directamente a su cabeza. 
Al ir a comentarle esto a Dionisio éste le contestó: “Ocupar mi lugar implica siempre tener esa daga perdurada de mi cabeza, ese el coste de ocuparlo”. 

Y así la historia no parece tan lejana cuando encontramos a sujetos, en diferentes épocas de la vida, donde intentan pretender que no hay falta, que miran embelesados lo que el otro tiene pero no el coste que ello implica. Hay siempre, dependiendo el sujeto, un anhelo perverso de ocupar el lugar del beneficio sin el coste ello implica. 
La falta, lo que a cada sujeto le falta y le remite a que es un individuo, que necesita y debe hacerse cargo de ella para poder solventarla, es también motivo de grandes negaciones en pos de que otro venga a resolverla. Esto mismo en la vida práctica puede tener grandes estragos a todo nivel, por ejemplo, endeudarse tanto, haciendo como que “no pasa nada” y encontrarse luego con el fruto de dicha negación (gastar lo que no se tenía), o incluso el capricho de pretender que el futuro será como cada uno quiere. En múltiples ocasiones el sujeto hace un intento delirante de convencerse (a veces bajo el concepto de ser “positivo”) de que no hay riesgos, ni peligros, que puede hacer las cosas sin calcular las consecuencias (faltas).
Y también muchos se preguntarán qué problema puede haber en vivir “más feliz” sin saber de sus faltas... Pues le podremos decir que podrán ser tan felices como Damocles, hasta que, claro está, la crin se rompa...

No por ignorar la falta deja de existir..  

“Habían dos calles y dos personas. En las dos calles había un pozo. 
El primero de los hombres vio el pozo y le pareció algo grave. Primero lo saltó, fijándose siempre por  donde andaba, y se dio cuenta que si no hacía nada el pozo se iba agrandando por el transcurrir del tiempo. Con lo cual tomó unas tablas, las puso cubriéndolo y así el pozo siguió ahí pero con las tablas se podía pasar perfectamente. 
El segundo hombre lo vio y decidió ignorarlo. Alguien ya lo arreglaría – pensó -. Y así un día, distraído, cayó en el pozo que tanto había negado”. 

Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psiconalista

5 comentarios:

  1. Estimado, dos consultas:
    - En un afán de sentirnos perfectos ocultamos la falta?
    - Es posible que de ocultarla tanto y tan bien ya no pueda reconocer (o no quiera) cuáles son? Cómo hacerlo?
    Saludos!

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    1. Todos tenemos falta, somos sujeto en falta. De ahí que la religión dice que nacemos con el pecado original. Que si lo leemos desde el psicoanálisis es que nacemos en falta. Necesitamos comida, refugio, relaciones para reflejarnos, trabajar, hacernos cargos de cosas que necesitan "mantenimiento". Pero la falta apunta a una cosa en realidad. En qué momento de la vida la falta no existía porque se hacia cargo el otro? Cuando niños, cuando mamá nos daba todo aquello que necesitamos. La falta es parte de la castración cuando el niño se da cuenta que no lo puede tener todo, que hay huecos y que tiene que rellenar. De ahí que los ninis, jóvenes perversos, no hacen nada mas que satisfacerse, porque quedan como parasitos de los padres, como un niño colgado de la teta de mamá. Hacen "como si" no hubiese nada. No quieren enterarse de nada, de sus faltas, de sus necesidades... No quieren saberse adultos, no quieren entender que si hay falta pierden esa relación primordial, que a veces se reemplaza por consumos compulsivos.
      Las dos preguntas que haces estan completamente relacionadas. El afan de la perfección e incluso el percibirla en otros es nos habla de la posición infantil y de la añoranza de volver a un estadía infantil. Es un intento de decir que no falta nada... no falta la teta de mamá y yo sigo siendo mirado como ese niño completo. Es no poder renunciar a esa mirada particular para asumir un hueco, que angustia, y moviliza a "hacer algo" por rellenarlo.
      El sujeto para poder evitar la falta se pone en posición perversa donde le pide constantemente al otro que le rellene lo que le falta. Y obviamente no quiere, hay casos como comentas que hasta se creen los delirios narcisísticos que se cuentan a sí mismos. Pero hay algo llamado realidad, que siempre viene con la falta. Y en algún momento toca la puerta, y ahí aparece la angustia. Salvo que sea un perverso de estructura que intentará que siempre lo pague otro, en mayor o menor medida.

      Saludos

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  2. No publicaste mi comentario/consulta, se sigue actualizando este blog?

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    1. Si, actualiza. Salvo que el autor este con fiebre en cama 😉

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    2. Espero que te encuentres mejor Sergio!

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