"Hay algo que debéis entender de mi forma de trabajar. Cuando me necesitáis y no me queréis, debo quedarme. Cuando me queréis, pero ya no me necesitáis, debo irme... Es un poco triste, pero es así"- película: La niñera mágica.

(Sin embargo, a pesar de mi ausencia física, me tendréis allí donde me necesiten)


9 de enero de 2014

El paciente y su terapeuta ¿Qué sucede en el setting terapéutico?

Hoy traigo un escrito de un colega que con un manejo entre poético, teórico y expresivo ha podido decir aquello que se vive en una terapia psicoanalítica.
Reproduzco sus palabras por el simple hecho que adhiero tanto al contenido como las formas.

Autor: Carlos Arturo Moreno de la Rosa, Psicólogo - Psicoterapeúta.
Fuente: http://psicologocarlosmoreno.wordpress.com/


“Se puede hablar del fin del análisis
en términos de nuevo nacimiento, de renacimiento,
como si hubiera un primer nacimiento biológico

acoplado a un nacimiento dentro del vínculo social del amo y, segundo,
dentro del vínculo social del analista”
Jacques-Alain Miller
.

Cuando el paciente elige a su psicoterapeuta ¿a quién está eligiendo? ¿qué está en juego en esa elección? ¿Por qué contar a alguien ajeno lo más preciado que se tiene? ¿Por qué contar a alguien sobre el malestar que ocurre en la familia, en el matrimonio, en el trabajo, con los hijos, con uno mismo? Esa elección de psicoterapeuta implica una decisión fundamental, es un acto que implica confianza; es una elección de un “Sujeto Supuesto Saber” que estará para escuchar ese malestar, eso que duele, esa queja que incomoda, ese saber que es inconsciente y que poco a poco aparecerá a través del discurso del que acude a la psicoterapia. Darle la palabra al síntoma, ¿por qué apareció ese síntoma y no otro? ¿qué representa para el paciente ese dolor intenso de espalda, esa depresión, ese vómito, esa fobia? ¿al servicio de qué está? ¿por qué eligió deprimirse en lugar de ser obsesivo compulsivo? Eso es lo que se va a desentrañar en el consultorio, ese encuentro con la palabra, no con la palabra del psicoterapeuta, mucho menos con el “posible” consejo que éste le pudiera dar, lejos está eso de que suceda en el consultorio; el paciente no va por un “regaño”, cuántas veces no se ha escuchado eso de “Es que ese psicólogo/a si te dice tus verdades” “es que esa psicóloga te regaña cuando te tiene que regañar”. Esa no es la función del psicoterapeuta, esa es la función de ese “Gran –Otro”. Lo que ocurre en la psicoterapia tiene que ver con otra cosa; El paciente se encuentra con su palabra y es a partir de allí que se comienza a re-estructurar su personalidad, a partir de su propio deseo, de la propia escucha de su palabra.

La elección del terapeuta implica un acto de transferencia, el paciente elige a su psicoterapeuta en base a un acto de transferencia, hay un supuesto de que él me va a escuchar, y eso que sucede en el acto analítico trasciende lo impuesto por las reglas convencionales. Empezar por ejemplo con la ya multicitada consigna: “Diga todo lo que se le venga a la mente”, sin prejuicios, sin crítica, por más incoherente, por más disparatado, por más ilógico, si atraviesa en este momento ese pensamiento dígalo, expréselo, a partir de allí se irá construyendo algo. El lapsus, el sueño, el chiste, el error, la falla; como aquella enseñanza del Nazareno cuando afirmó: “La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular”. Así sucede en el consultorio, el discurso incoherente, el error, la falla, el lapsus, el chiste, el sueño, esos actos despreciados por la razón y la conciencia se convierten en la piedra angular durante el proceso psicoterapéutico.

El inconsciente atraviesa lo propiamente establecido, las reglas en turno que rigen las interacciones del humano en sociedad. El inconsciente está esperando el momento oportuno e indicado (que conveniente) para hacerse presente, en ese lapsus, en ese cambio de palabra; en ese lapsus lingüe cuando el paciente dice “madre” en lugar de esposa; cuando el paciente dice “yo cedí” en lugar de “yo decidí”, cuando crea una metáfora, cuando dice una broma. Todo nos habla de su inconsciente, del discurso que lo atraviesa, del amor y del desamor, de esa estructura con la cual fue formado, de su historia de vida (de su historia “debida”) de esa piel de la que ya está harto y que por eso acude a la psicoterapia, porque quiere re-encontrarse con su deseo, re-nombrar las cosas. Acude a psicoterapia porque está cansada o cansado de ese “goce” que lo mantiene en suspenso, en vilo, que lo inmoviliza. Ese goce, esa compulsión a la repetición, esos mismos errores que se manifiestan, esa piedra que él/ella misma pone para tropezarse. Ese goce que a fin de cuentas lo acompañará hasta la tumba.

La elección de esa persona como psicoterapeuta es una elección muy importante porque se está eligiendo a alguien que será testigo de ese segundo nacimiento. Dicen que hay dos momentos importantes en la vida: el primero cuando se nace y el segundo cuando se sabe para qué se nace, y es precisamente en ese proceso de psicoterapia cuando la persona se encuentra con lo que realmente quiere hacer, con la vida que quiere vivir, con lo que quiere decidir, con ese hacer con lo que tiene en las manos; con ese libro que quiere escribir y que se llama vida. Ser protagonista de su propia existencia, dejar de lamentarse, dejar la queja; pasar de decir “es que él me hace sufrir” a “qué tanto estoy implicada o implicado en eso de lo que tanto me quejo”.

Es por eso que muchas veces falla cuando se acude a un proceso de psicoterapia, cuando el paciente/persona/analizante elige acudir a psicoterapia y se encuentra con que no se le permite hablar; una terapia en donde se le da consejos, se le da directivas, se le dice lo que tiene que hacer, el paciente se siente agredido, se siente poco escuchado, la “escucha” es “cucha” cuando no se le da la oportunidad de tomar su palabra. No funciona porque se sigue repitiendo esos patrones en donde su padre o su madre le decían lo que tenía que hacer. En psicoterapia sucede otra cosa, el sujeto aprende a “bien-decir” a decir eso que él siente, esa emoción que no necesariamente es “buena” o “mala”, simplemente es una emoción que aparece, que atraviesa su subjetividad. La propuesta dentro de la psicoterapia no es condicionarlo o re-educarlo para que sea un sujeto funcional dentro de la sociedad (tendríamos que cuestionar si la sociedad a la que se le impone está “sana”). Más bien la propuesta es la escucha, la cura por la palabra, (su palabra, no la del psicoterapeuta, claro, la palabra del psicoterapeuta aparece cuando es necesario, cuando hay que hacer una interpretación, un señalamiento, preguntar la duda, puntuar el discurso) el encuentro con su persona, con sus deseos, con sus fantasmas.

El proceso de psicoterapia ocurre como el acto que se da en la regadera. Cuando la persona toma una ducha ocurren fenómenos que serían juzgados “anormales” si se hicieran en público, es decir, hacer el amor en la ducha, llevar un acto de onanismo, vomitar, tocarse, acariciarse, y sobre todo los pensamientos que se atraviesan durante el acto de bañarse, esos pensamientos son precisamente los que tocan lo “real” del sujeto; decía Lacan que lo “real” es eso que tiene que ver con la “muerte, con el sexo, con el horror y con la locura” y precisamente en la ducha y en la psicoterapia aparecen estas cuatro cosas: la preocupación por la muerte, el sexo que no funciona o que obsesiona, el horror, lo que “encanta pero a la vez aterra o lo que aterra precisamente porque te encanta” (Camilo Ramírez dixit) y la locura, ese discurso que ocurre en la intimidad de la regadera pero que también ocurre en la psicoterapia, ese discurso de locura que puede asustar si se da en otro lado, ese discurso, esa palabra que aparece pero que se queda allí, esa palabra que se da en el setting terapéutico de la cual el sujeto no sabe hasta dónde lo va a llevar. Esa palabra que está catectizada, palabra que atraviesa la muerte para trasmutar en vida. Tánatos y Eros fluyendo desde el inconsciente.

El deseo de ser escuchado, el deseo de compartir eso que angustia, que aniquila, que castra. El deseo de decirlo. No con cualquiera, esa elección de psicoterapeuta implica un acto de fe, un acto de entrega, de lo más valioso que uno posee. Su palabra, su historia, su vida, su deseo.

¿Qué es lo que cura, en caso de que llegara a haber una cura? Es precisamente ese vínculo que se instaura entre paciente-terapeuta. La transferencia hace su función/ficción. Al final queda el sujeto de frente con su deseo y empieza a vivir la vida que quiere vivir.





Sergio Alonso Ramirez .
Psicólogo Psicoanalista

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